—Hermano… te juro que voy a descubrir qué pasó.
Miguel.
Su hermano mayor.
Luis sintió que una chispa de esperanza encendía un rincón de la oscuridad. Miguel García nunca había confiado en Ana. Desde el primer día la miraba como quien mira una víbora escondida entre flores.
—Esa mujer no te quiere, Luis —le había dicho más de una vez—. Quiere lo que tienes.
Luis siempre se había molestado.
—No todos ven el mundo como tú, Miguel.
Ahora, encerrado en su propio ataúd, entendía que Miguel no era desconfiado.
Era el único que había visto claro.
Ana se acercó a él con voz falsa.
—Miguel, tienes que aceptar que Luis se fue. Fue su corazón. El doctor lo explicó.
Hubo un silencio pesado.
—Sí —respondió Miguel—. Su corazón… o quizá ese café raro que le preparabas todas las noches.
Ana tardó un segundo de más en responder.
—No empieces con tus cosas. No hoy.
Luis escuchó ese pequeño quiebre en su voz y supo que Miguel también lo había notado.
Afuera, Miguel observaba todo con los ojos rojos, pero secos. El dolor lo estaba destruyendo por dentro, aunque su rostro parecía tallado en piedra. Miraba a Ana recibir condolencias, miraba a Javier darle pañuelos, miraba cómo sus manos se tocaban un instante cuando creían que nadie los veía.
Y recordó.
Tres meses antes, Luis le había contado que Ana le preparaba un café especial con hierbas.
—Dice que es natural —le había dicho Luis, débil, pálido, sentado en la cocina—. Javier también dice que ayuda.
Miguel había sentido entonces una alarma que no supo explicar.
Ahora esa alarma tenía forma de ataúd.
A las dos y media de la tarde, Miguel tomó una decisión. Se acercó a Ana y dijo:
—Voy a la casa por un álbum de fotos. A Luis le hubiera gustado tener algo de nuestra infancia aquí.
Ana ni siquiera lo miró bien.
—La llave está debajo del macetero de atrás.
Miguel salió de la funeraria con el corazón golpeándole las costillas.
La casa de Polanco lo recibió con un silencio horrible. Todo estaba demasiado ordenado. Demasiado limpio. Como si Ana hubiera ensayado hasta la ausencia.
Miguel fue directo a la cocina. Abrió cajones, revisó frascos, bolsas de té, especias, botes sin etiqueta. Nada. Entonces vio el bote de basura debajo del fregadero.
Se puso unos guantes de goma y empezó a revolver entre servilletas, cáscaras de aguacate y restos de comida. En el fondo encontró un frasco pequeño de vidrio, sin etiqueta, con un residuo transparente y aceitoso.
No olía a nada.
Pero Miguel sintió que acababa de encontrar el hilo de una verdad terrible.
Llamó a Diego Ramírez, un viejo compañero de la UNAM que trabajaba en un laboratorio privado en Santa Fe. No se hablaban desde hacía años, pero la desesperación borra vergüenzas.
—Diego, necesito que analices algo hoy. No mañana. Hoy.
—Miguel, no puedo hacer pruebas así nada más.
—Mi hermano está muerto, o eso quieren que creamos. Y creo que su esposa lo envenenó.
Al otro lado de la línea hubo un silencio largo.
—Tráelo por la entrada trasera —dijo Diego al fin—. Y no me preguntes cómo voy a hacerlo.
Mientras Miguel cruzaba la ciudad con el frasco envuelto en un pañuelo, Luis seguía dentro del ataúd, escuchando cómo el velorio se iba vaciando. El aire parecía más pesado. Los sonidos más lejanos. Su cuerpo seguía sin obedecerle, aunque su mente trabajaba con una claridad feroz.
Intentó mover un dedo.
Nada.
Intentó otra vez.
Nada.
Recordó los cafés. Recordó a Ana en la cocina, moliendo hierbas en un mortero de cerámica. Recordó a Javier oliendo la taza y diciendo:
—Qué maravilla. Lo natural siempre es lo mejor.
Qué ciego había sido.
A las cuatro de la tarde, el agente funerario se acercó.
—Señora Ana, es momento de cerrar el ataúd.
Luis sintió que la oscuridad cambiaba de temperatura.
Ana pidió un último minuto.
Sus pasos se acercaron. Se inclinó sobre él. Luis percibió su perfume, su respiración, su presencia.
—Adiós, Luis —susurró ella—. Fuiste más útil muerto que vivo.
Luego se alejó.
La tapa bajó.
El golpe de madera cerrándose sonó como el final del mundo.
Después vinieron los pestillos.
Uno.
Dos.
Tres.
Luis quedó sumergido en una oscuridad más profunda, una oscuridad sin aire, sin esperanza, sin cielo.
El ataúd comenzó a moverse.
Cada rueda sobre el piso, cada bache, cada inclinación le decía lo mismo: iban al crematorio.
En Santa Fe, Diego recibió el frasco con el rostro serio.
—Llámame en una hora y media —dijo—. Si hay algo, te lo diré.
Miguel esperó en su coche. Afuera, la ciudad seguía viva como si nada. Camiones, vendedores, cláxones, gente cruzando la calle con bolsas de mandado. La vida normal continuaba mientras su hermano quizá seguía atrapado en algún punto entre la muerte y el infierno.
A las cuatro cincuenta, el teléfono sonó.
—Miguel —dijo Diego, y su voz ya no era la de un químico curioso, sino la de un hombre asustado—. Esto no es un aceite. Hay rastros de un paralizante sintético muy potente. Provoca inmovilidad casi total. La respiración y el pulso pueden bajar tanto que parecen inexistentes.
Miguel sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Pero la persona puede estar consciente?