PARTE 1
“Tu hijo no murió tranquilo, señora… y alguien escondió su mochila.”
Eso me dijo una niña de trenzas deshechas en la puerta de mi casa, la mañana del Día de las Madres, mientras sostenía entre sus brazos la mochila roja del Hombre Araña que mi hijo Mateo llevaba todos los días a la primaria.
Una semana antes, Mateo había muerto en la escuela.
Tenía ocho años.
La directora me dijo que se había desvanecido en el salón, que llamaron a la ambulancia, que hicieron todo lo posible. La maestra Laura lloró frente a mí, repitiendo que nadie pudo preverlo. El doctor habló de una condición del corazón que no sabíamos que tenía.
Todos querían que aceptara una frase: “No había nada más que hacer.”
Pero yo no podía aceptar otra cosa: la mochila de Mateo desapareció ese mismo día.
Pregunté por ella en la escuela, en la dirección, con los paramédicos, con el policía que fue a tomar datos. Nadie sabía nada.
“En una emergencia se pierden cosas, señora Ana”, me dijo el oficial, con una voz tan suave que me dio rabia.
“Mi hijo murió en su salón”, le respondí. “Y lo único que llevaba todos los días no se pierde como si fuera una lonchera olvidada.”
Él bajó la mirada.
Nadie discutía conmigo. Nadie me daba respuestas. Y ese silencio me estaba destruyendo.
El 10 de mayo, amanecí sentada en el piso de la sala, abrazando la cobija de dinosaurios de Mateo. En la mesa puse su plato favorito, aunque estaba vacío. Cada Día de las Madres él me preparaba “desayuno”: cereal seco, leche derramada a un lado y flores arrancadas del patio con tierra todavía en las raíces.
Ese año no hubo risas. No hubo cereal. No hubo “feliz día, mami”.
A las nueve tocaron el timbre.
No quería abrir. Pensé que sería otra vecina con mole, otra tía con ojos de lástima, otra persona diciéndome que Dios tenía un plan.
Pero volvieron a tocar. Luego golpearon la puerta con desesperación.
Me levanté sin ganas y abrí.
Ahí estaba ella.
Una niña flaquita, con una chamarra de mezclilla demasiado grande, los ojos hinchados de llorar y la mochila de Mateo apretada contra el pecho.
“¿Usted es la mamá de Mateo?”, preguntó.
Sentí que el aire se me cortaba.
“Sí.”
Ella tragó saliva.
“Usted la estaba buscando, ¿verdad?”
Intenté tocar la mochila, pero la niña dio un paso atrás.
“Primero tengo que decirle algo”, murmuró. “Si no lo digo ahorita, me voy a asustar y me voy a ir.”
“¿Cómo te llamas?”
“Sofía.”
La hice pasar. La senté en la cocina y le ofrecí agua de jamaica, pero no quiso. Solo puso la mochila sobre la mesa, con cuidado, como si fuera algo sagrado.
“Mateo me dijo que la cuidara”, dijo. “Él era mi amigo.”
“¿Cuándo te dijo eso?”
Sofía miró al piso.
“El día que se cayó.”
Me temblaron las manos al abrir el cierre.
Adentro había estambre blanco y lila, unas agujas de plástico, una hoja arrugada con instrucciones y algo envuelto en papel de baño.
Lo saqué despacio.
Era un unicornio tejido a medias.
Torcido. Con una pata sin terminar. Una oreja más grande que la otra. La colita blanca salía chueca.
“Lo estaba haciendo para usted”, dijo Sofía, llorando. “La maestra dijo que los regalos hechos a mano valían más porque tenían amor.”
Yo apreté el unicornio contra mi pecho.
“Pero Mateo amaba los dinosaurios…”
“Sí”, susurró Sofía. “Pero dijo que a usted le gustaban los unicornios.”
Recordé mi taza vieja, esa con un unicornio despintado que usaba todas las mañanas. Una vez, solo una vez, le dije que me daba risa porque era horrible pero me gustaba.
Y él lo recordó.
Debajo del estambre había una tarjeta.