Mamá:
No está terminado todavía. No te rías. Sofía dice que el cuerno es lo más difícil.
Te quiero más que al desayuno con cereal.
Mateo.
Me tapé la boca para no gritar.
Entonces Sofía metió la mano otra vez en la mochila y sacó una hoja doblada en cuatro.
“Hay más”, dijo.
Y cuando leí lo que mi hijo había escrito antes de morir, sentí que el dolor se convertía en furia.
No podía creer lo que estaba a punto de descubrir…
PARTE 2
La hoja estaba arrugada, como si Mateo la hubiera escondido con prisa.
Mamá:
Perdón por arruinar el mural del Día de las Madres. Sé que estás enferma y cansada y yo te doy más problemas.
Pero te prometo que no soy malo.
Te quiero.
Mateo.
Leí esas palabras una vez.
Luego otra.
Y otra.
“¿Qué es esto?”, pregunté, aunque ya sentía que la respuesta me iba a romper.
Sofía apretó sus manos sobre las rodillas.
“La maestra Laura lo obligó a escribirlo.”
“¿Cuándo?”
La niña levantó sus ojos mojados.
“Un ratito antes de que se cayera.”
La cocina quedó en silencio. Afuera pasaba un vendedor gritando “tamales”, como cualquier domingo. La vida seguía, insolente, mientras mi mundo se abría en dos.
“Cuéntame todo, Sofía.”
Ella respiró hondo.
“El grupo estaba haciendo el mural para las mamás. Había tarjetas, flores de papel y dibujos. Emiliano, un niño de tercero, empujó la mesa porque estaba jugando con otros. Se cayó pintura morada encima de unas tarjetas y se rompió una hoja.”
“¿Y culparon a Mateo?”
Sofía asintió.
“Mateo tenía pegamento en las manos porque me estaba ayudando con mi flor. Pero Emiliano dijo que fue él. Y otros niños también, porque Emiliano les da dulces si lo obedecen.”
Sentí la sangre subirme a la cara.
“¿La maestra no preguntó?”
“Preguntó rápido. Mateo dijo: ‘Yo no fui, mi mamá sabe que yo no digo mentiras.’ Pero la maestra Laura se enojó. Dijo que hasta los niños buenos decepcionan a sus mamás.”
Cerré los ojos.
Mi hijo, mi niño dulce, había pasado sus últimos minutos creyendo que yo podía pensar que era malo.
“Después”, siguió Sofía, “lo sentó en la mesa del fondo y le dijo que escribiera una disculpa. Mateo lloraba poquito, de esos lloridos que no hacen ruido.”
La voz de Sofía se quebró.
“Me dijo que le apretaba el pecho.”
Abrí los ojos de golpe.
“¿Le había pasado antes?”
Ella se tapó la boca.
“Sí. Dos veces. Pero él me dijo que no le dijera a nadie porque usted tenía gripa y estaba muy cansada. Dijo que después del Día de las Madres se lo iba a contar, cuando le diera el unicornio.”
Me doblé sobre la mesa.
Yo había estado enferma esa semana. Fiebre, tos, dolores. Mateo me llevaba agua, me ponía cobijas encima, me decía que él podía solo con su tarea.
Y mientras yo creía que mi hijo estaba cuidándome, él estaba escondiéndome su dolor.
“Sofía, ¿qué pasó después?”
“Le dije que tomara agua”, sollozó. “Mi abuelito siempre dice eso cuando me duele la panza. Pero el agua no le ayudó.”
Me arrodillé frente a ella.