Diego tardó un segundo.
—Sí. Ese es el horror. Puede estar consciente.
Miguel no escuchó más. Arrancó el coche y manejó a la comisaría más cercana como si llevara fuego en las manos.
El delegado Ramírez lo recibió con la mirada cansada de quien ha escuchado demasiadas historias absurdas.
—Mi hermano puede estar vivo —dijo Miguel—. Lo van a cremar a las seis. Su esposa y su amante lo envenenaron.
Ramírez lo miró en silencio.
Miguel mostró el análisis preliminar, la foto de Ana y Javier abrazados en una fiesta meses atrás, los mensajes de Diego, el frasco.
—Entiendo su dolor —dijo el delegado—, pero no puedo detener un procedimiento funerario con una prueba no oficial y una sospecha familiar.
Miguel golpeó el escritorio con la palma abierta.
—¿Y si tengo razón? ¿Va a dejar que quemen vivo a un hombre porque el papel dice que está muerto?
La pregunta quedó flotando.
Ramírez no respondió de inmediato. Su rostro cambió apenas, lo suficiente para mostrar que la duda había entrado.
Tomó el teléfono y llamó al crematorio.
—Suspendan el procedimiento una hora —ordenó—. Una hora nada más.
Miguel cerró los ojos. No era suficiente, pero era algo.
—Necesito más —dijo Ramírez—. Traiga al doctor Morales. Si él admite una duda en el acta de defunción, actuamos.
Miguel salió corriendo.
En el crematorio, el ataúd de Luis ya estaba sobre una plataforma metálica. Desde dentro, él escuchó puertas pesadas, voces de empleados, el eco de un lugar amplio y frío. Luego llegó un soplo de calor que le quemó el alma.
El horno.
Pero entonces alguien dijo:
—Hay que esperar. La policía pidió suspender una hora.
Luis habría llorado de alivio si su cuerpo se lo hubiera permitido.
Miguel.
Su hermano lo estaba alcanzando desde el otro lado de la muerte.
Ana, en la sala de espera, perdió el color.
—¿La policía? ¿Por qué?
Javier la tomó del brazo.
—Cálmate. Si haces una escena, nos hundes.
—Fue Miguel —murmuró ella—. Ese maldito siempre sospechó.
—Sospechar no es probar —dijo Javier—. En una hora todo se acaba.
Dentro del ataúd, Luis reunió todas las fuerzas que le quedaban. Ya no intentó mover la mano completa. Solo un dedo. Uno. El índice derecho. Se concentró en él como si toda su alma cupiera en esa punta de carne dormida.
Muévete.
Por favor.
Muévete.
En Coyoacán, Miguel llegó a la casa del doctor Morales cuando el cielo empezaba a ponerse naranja sobre la ciudad. Tocó el timbre varias veces. El médico abrió con bata y lentes torcidos.
—Miguel… ¿qué ocurre?
—Doctor, usted firmó la muerte de mi hermano. Pero puede que Luis siga vivo.
El rostro de Morales se endureció primero, ofendido. Luego Miguel le mostró el análisis, el frasco, la foto, y habló de los cafés. De Ana respondiendo por Luis en cada consulta. De Javier reforzando síntomas. De la negativa de Ana cuando el médico sugirió internarlo.
Morales se sentó lentamente.
—Dios mío —murmuró—. Yo pensé que ella lo cuidaba.
—Lo estaba aislando.
El médico se llevó una mano a la boca. La culpa le cayó encima como una piedra.