—Hubo algo —dijo al fin—. Luis quiso hablarme una vez, pero Ana lo interrumpió. Dijo que él estaba confundido. Yo… yo debí insistir.
Miguel se inclinó hacia él.
—Insista ahora, doctor. Antes de que sea tarde.
Morales tomó su abrigo.
Llegaron a la comisaría casi a las seis. El delegado Ramírez escuchó al médico con atención. Cuando Morales declaró que el certificado debía considerarse dudoso y que existía posibilidad de intoxicación paralizante, Ramírez ya no dudó.
Tomó la radio.
—Todas las unidades disponibles al crematorio municipal. Urgente. Posible víctima viva dentro de ataúd. Detengan el procedimiento a cualquier costo.
En el crematorio, la hora de espera acababa de terminar.
Un empleado se acercó a Ana.
—Señora, vamos a proceder.
Ana asintió demasiado rápido.
Javier respiró aliviado.
El ataúd empezó a moverse otra vez.
Luis sintió el calor más cerca.
Su mente gritó.
No.
No.
No.
Con una fuerza nacida del terror, del coraje y del amor por la vida, Luis empujó aire desde sus pulmones. No fue una palabra. No fue un grito. Fue un sonido gutural, roto, casi animal.
Pero fue un sonido.
El empleado se detuvo.
—¿Oyeron eso?
—La madera —dijo otro—. A veces cruje.
Entonces las sirenas rompieron la noche.
Las puertas se abrieron de golpe.
—¡Policía! ¡Nadie se mueva!
Ana se puso de pie, blanca como la cera. Javier intentó retroceder, pero dos agentes lo sujetaron.
Miguel entró detrás del delegado Ramírez, desesperado, con los ojos clavados en el ataúd.
—¡Ábranlo!
Los empleados, temblando, quitaron los pestillos. La tapa se levantó.
La luz golpeó el rostro de Luis.
Al principio, todos guardaron silencio. Parecía muerto. Pálido, inmóvil, con los labios ligeramente azulados.
Miguel se acercó.