PARTE 1
El aire olía a tierra mojada y a agave tostado. Era martes, y el reloj de la plaza central marcaba las 7 de la mañana en 1 pequeño pero próspero pueblo del estado de Jalisco. En la Escuela Primaria Ignacio Zaragoza, el ruido era ensordecedor: los niños corrían por la cancha de cemento, las madres compraban atole calientito en 1 puesto ambulante de la esquina, y el claxon de las camionetas resonaba en la calle empedrada. Pero dentro del salón de segundo grado, el maestro Mateo sentía que el oxígeno había desaparecido por completo.
En el umbral de la puerta estaba Valeria. Tenía apenas 7 años, llevaba su falda escolar perfectamente planchada, 2 moños rojos en el cabello oscuro y 1 mochila de princesas. Sin embargo, Valeria no corrió hacia su pupitre como los otros 28 alumnos. No sacó sus libretas, ni le sonrió a sus 4 amigas de la primera fila. Se quedó petrificada junto al viejo escritorio de madera, temblando como 1 hoja al viento, con los ojos clavados en sus zapatos escolares.
Mateo dejó los 15 exámenes que estaba calificando. Caminó lentamente hacia ella, arrodillándose para quedar a la altura de su rostro.
“¿Qué pasa, Vale? ¿Te sientes mal? ¿Te duele la cabeza?”, preguntó con 1 tono dulce y protector.
La niña de 7 años negó con la cabeza de forma mecánica. Suspiró tan fuerte que su pequeño pecho se levantó, y con 1 voz quebrada que apenas se escuchó sobre los gritos del recreo cercano, susurró:
“No me puedo sentar, maestro… me arde mucho la espalda y las piernas. Pero mi tío Arturo me dijo que si abría la boca, mi mamá iba a desaparecer para siempre.”
El mundo se detuvo para Mateo. Los 28 niños jugando a sus espaldas se volvieron 1 eco lejano. Sintió 1 frío paralizante recorriendo su columna vertebral.
“No tienes que sentarte, mi niña”, le contestó, intentando ocultar el terror en sus ojos. “Puedes quedarte de pie junto al librero pintando. Nadie en este salón te va a obligar a hacer nada que te lastime.”
Solo pasaron 15 minutos antes de que Mateo irrumpiera en la dirección escolar. La directora Carmen, 1 mujer de 50 años con joyas caras y actitud altanera, estaba tomando 1 café y revisando facturas. Al escuchar la urgencia de Mateo, su expresión se volvió de piedra.
“Maestro Mateo, no empiece con sus historias de superhéroe”, dijo Carmen, cruzando los brazos. “Esa niña siempre quiere llamar la atención. Además, el señor Arturo es el dueño de la mitad de las tierras agaveras del pueblo y acaba de donar 80000 pesos para el nuevo centro de cómputo. Si usted abre la boca, él nos quita el apoyo y los padres de familia lo linchan a usted. Regrese a su clase y no se meta en problemas de grandes.”
A las 2 de la tarde, sonó la chicharra de salida. Mateo vio a Valeria caminar lentamente hacia la calle. Afuera estaba estacionada 1 camioneta gris blindada. Recargado en ella estaba Arturo, 1 hombre de 45 años, con botas de piel exótica y 1 cinturón con gruesa hebilla de plata.
“¡Súbete ya, chamaca inútil, que no tengo todo el día!”, le gritó el hombre frente a todos los presentes.
Valeria se encogió de hombros y subió. Mateo no pudo contenerse y dio 4 pasos decididos hacia el vehículo.
“¿Señor Arturo? Soy el maestro de Valeria. Necesito hablar con usted sobre el estado físico de su sobrina”, dijo Mateo con firmeza.
Arturo escupió en el piso de tierra, lo miró con desprecio y soltó 1 carcajada siniestra.
“Usted dedíquese a los libros, maestrillo barato. Lo que yo hago en mi rancho es asunto mío. Si usted mete las narices, le juro que no amanece.”
La camioneta aceleró bruscamente dejando 1 cortina de humo. Mateo regresó a su salón con el pulso acelerado. Al revisar el lugar de Valeria, encontró 1 libreta abierta. En la última hoja había 1 dibujo hecho con 1 crayola roja: 1 hombre gigante con botas aplastando a 1 mujer sin boca, y 1 jaula de acero con 1 niña llorando lágrimas de sangre.
Mateo guardó el papel temblando. Sabía que se estaba metiendo con el diablo del pueblo, pero dejar a esa niña en ese infierno no era 1 opción. Tomó su teléfono con las manos sudorosas, porque absolutamente nadie podía creer lo que estaba a punto de suceder…
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