Me casé con mi novio de la secundaria después de su lesión, incluso cuando mis padres se opusieron. Quince años después, la verdad puso fin a nuestro matrimonio.

Conocí al hombre que se convertiría en mi esposo cuando aún éramos adolescentes, en una época en la que el futuro parecía incierto y sin complicaciones. Estábamos en el último año de la preparatoria, con la edad suficiente para creer que nuestros sentimientos eran serios y la juventud suficiente para pensar que el amor por sí solo podía llevarnos a cualquier parte. Hablábamos de campus universitarios que nunca habíamos visto, de apartamentos diminutos con problemas de plomería y de carreras que apenas comprendíamos. Todo parecía posible.

 

 

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