Pasaron semanas. Mariana buscó empleo en tiendas, fondas, oficinas pequeñas y hasta en una papelería. En todos lados le decían lo mismo: “Le llamamos”. Nadie llamaba. Terminó lavando trastes por día en un mercado y vendiendo tamales los domingos con una vecina.
Una tarde encontró una hoja pegada en la entrada de la vecindad: el edificio había sido vendido. Todos debían desalojar en treinta días.
Mariana sintió que se le doblaban las rodillas.
Intentó negociar con don Rogelio, el encargado, pero él solo se encogió de hombros.
—El nuevo dueño quiere tirar todo y construir departamentos. No es asunto mío.
El día del desalojo, Patricia apareció con una sonrisa fría.
—Te dije que Dios castiga la soberbia.
Mariana estaba en la banqueta, abrazando una caja con la foto de Tomás, cuando entraron dos camionetas negras. De la primera bajó un hombre alto, canoso, elegante, con lentes oscuros y paso tranquilo.
Don Rogelio corrió hacia él.
—Señor Emilio Arriaga, bienvenido. Ya estamos sacando a la gente, como pidió su oficina.
Mariana levantó la vista.
Se le heló la sangre.
Era el paciente.
El hombre al que había salvado en el hospital.
Emilio observó los muebles tirados, las bolsas en el suelo, los niños llorando. Luego miró a Mariana.
Ella dio un paso adelante.
—Señor… usted no me conoce despierto, pero yo trabajaba en el Hospital San Gabriel.
Él frunció el ceño.
—¿Perdón?
Patricia soltó una risa burlona.
—No le haga caso. Está desesperada.
Mariana tragó saliva.
—El día que usted llegó a urgencias, se le cayó la mascarilla. Yo se la acomodé. Me corrieron por eso.
El patio quedó en silencio.
Emilio se quitó los lentes lentamente.
—¿Usted fue?
Mariana asintió.
Patricia palideció, pero enseguida dijo:
—Seguro lo inventó. Siempre ha sabido hacerse la víctima.
Emilio no apartó la mirada de Mariana.
—Detengan el desalojo —ordenó.
Don Rogelio abrió la boca.
—Pero señor…
—Dije que se detenga.
Luego Emilio miró a Mariana y dijo algo que dejó a todos helados:
—Voy a investigar esto. Y si es verdad, alguien va a tener que dar muchas explicaciones.
Mariana supo que la verdad estaba cerca, pero también que Patricia no iba a quedarse callada.
PARTE 3
Dos días después, Emilio Arriaga volvió a la vecindad con una carpeta bajo el brazo. No llegó con escoltas ni abogados. Llegó solo, como quien no quiere intimidar, pero sí hacer justicia.
Mariana estaba sentada en la escalera, contando las monedas que le quedaban para comprar comida. Patricia la observaba desde la puerta de otro cuarto, con los brazos cruzados.
—Confirmé todo —dijo Emilio.
Mariana se puso de pie.
—¿Todo?
—El hospital reconoció que una empleada de limpieza fue despedida por intervenir cuando un paciente perdió oxígeno. Revisé el reporte médico. Si usted no hubiera ajustado esa mascarilla, probablemente yo no habría llegado vivo al siguiente turno.
Patricia bajó la mirada.
Mariana sintió un nudo en la garganta.
—Yo no quería causar problemas.