PARTE 1
—¡Sáquenla del hospital! ¡Esa mujer pudo matar a un paciente millonario!
Eso gritó el doctor Óscar Rivas frente a todos, señalando a Mariana Torres como si fuera una delincuente. Ella todavía tenía las manos temblando, el uniforme azul de limpieza manchado de cloro y el corazón golpeándole el pecho.
Hasta diez minutos antes, Mariana solo era “la señora del trapeador” en el Hospital San Gabriel, uno de los privados más caros de Monterrey. Nadie sabía que en su cuarto rentado en la colonia Independencia guardaba un título de administración, envuelto en plástico para que la humedad no lo arruinara. Nadie sabía que había dejado de buscar trabajos de oficina porque siempre le pedían experiencia, recomendaciones o “mejor presentación”.
Para los médicos, era invisible. Para las familias elegantes que caminaban por urgencias con bolsas de marca, también.
Aquella mañana había llegado una ambulancia con un hombre inconsciente. Traía traje gris, reloj de lujo y zapatos tan limpios que Mariana pensó que jamás habían pisado tierra. Los doctores corrieron. Las enfermeras cerraron cortinas. Alguien dijo que era un empresario importante.
Mariana siguió limpiando el pasillo.
Horas después, cuando fue a recoger una cubeta, escuchó un ruido extraño dentro de una habitación. No era un quejido. Era una respiración rota, desesperada, como si alguien estuviera ahogándose en silencio.
Entró apenas un paso.
El mismo hombre estaba solo. La mascarilla de oxígeno se le había movido hacia la barbilla. Tenía los labios morados y una mano apretaba la sábana con la poca fuerza que le quedaba.
Mariana miró el pasillo.
No había nadie.
Recordó la regla que les repetían cada semana: “El personal de limpieza no toca pacientes bajo ninguna circunstancia”.
Pero el hombre se estaba muriendo.
—Diosito, perdóname si me equivoco —susurró.
Se acercó, colocó la mascarilla sobre su nariz y boca, ajustó la liga como había visto hacerlo cientos de veces y le sostuvo la cabeza unos segundos. La respiración empezó a volver, primero débil, luego más pareja.
Mariana soltó el aire.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
El doctor Rivas la vio junto a la cama y su rostro se puso rojo.
—¿Quién le dio permiso de tocarlo?
—Doctor, no podía respirar. Yo solo…
—¡Seguridad!
Dos guardias aparecieron. Mariana intentó explicar, pero nadie escuchó. Le quitaron el gafete, la hicieron firmar una hoja y la sacaron por la puerta de proveedores.
Afuera, bajo el sol, recibió una llamada de su cuñada Patricia.
—Me dijeron que te corrieron. Siempre supe que ibas a arruinarlo todo, Mariana.
Y en ese momento, con su bolsa de plástico en la mano, Mariana entendió que lo peor apenas empezaba.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
Patricia llegó esa misma noche al cuarto de Mariana sin tocar la puerta. Era hermana de su difunto esposo, Tomás, y desde que él murió en un accidente de camión, la culpaba de todo: de las deudas, de la renta atrasada, de no haber “hecho más” para salvarlo.
—Ahora sí te luciste —dijo Patricia, mirando el colchón en el piso—. Te corren por metiche y todavía esperas que uno te tenga lástima.
Mariana no respondió. Tenía los ojos hinchados, pero no quería darle el gusto de verla rota.
—Solo hice lo que cualquiera habría hecho —dijo al fin.
—No. La gente inteligente cuida su trabajo. Tú siempre queriendo parecer buena.
Esas palabras le dolieron más que el despido.