MI CUÑADA TIRÓ A MI PERRO A LA CALLE MIENTRAS YO ESTABA EN COMA PORQUE ‘SOLTABA PELO’. AL DESPERTAR, LOS ECHÉ DE MI CASA Y LA PUSE A NOMBRE DEL REFUGIO

Dicen que el alma de una casa se reconoce por los sonidos que la habitan. Para mí, la música de mi hogar siempre fue el rítmico “clac-clac” de las uñas de Hércules sobre el parqué y su respiración pesada, como un fuelle de cuero, descansando a los pies de mi cama. Hércules, un Gran Danés de 60 kilos, no era un perro; era el último suspiro de mi esposa, Claudia, que antes de morir me hizo prometer que cuidaríamos el uno del otro.

 

Cuando desperté del coma tras aquel accidente que casi me borra del mapa, lo primero que busqué en la penumbra de la UCI no fue la mano de mi hermana Laura, sino el recuerdo del calor de mi perro.

—¿Hércules? —balbuceé entre tubos. —Está bien, Roberto. Está en el jardín, esperándote. Descansa —me respondió Laura con una sonrisa perfecta, esa sonrisa que hoy sé que era la de un buitre esperando que el cuerpo terminara de enfriarse.

El día que me dieron el alta, el aire se sentía distinto. Llegué a mi casa —la propiedad que yo pagué con años de luto y trabajo— apoyado en unas muletas que parecían recordarme mi fragilidad. Pero al cruzar el umbral, el silencio me golpeó como un segundo camión. No hubo ladridos. No hubo un empujón cariñoso de 60 kilos que casi me derribara. No había nada.