Mi esposo juró: “Tengo que trabajar todo el fin de semana”, pero su jefe me llamó preguntando por qué había faltado y ese fue el momento exacto en que tomé su tarjeta, subí a mis hijos al coche y decidí descubrir toda la verdad

PARTE 1

“Si tu papá anda de mentiroso, hoy nos vamos a gastar hasta el último peso de su tarjeta.”

Eso fue lo primero que dije aquel sábado, con el trapeador en una mano y una pieza de rompecabezas pegada en el calcetín. Mi hija Camila me miró desde el sillón con los ojos bien abiertos. Mi hijo Emiliano, que estaba tirado en la alfombra viendo caricaturas, se incorporó de golpe como si hubiera oído la mejor noticia de su vida.

Pero no fue una broma. Ni un arranque de loca. Fue el segundo exacto en que dejé de sentirme tonta y empecé a sentirme peligrosa.

Todo había comenzado media hora antes, cuando sonó mi celular mientras yo recogía el desastre de la sala. Pensé que era Esteban para avisarme que seguiría “encerrado en la oficina” todo el fin de semana, como me había dicho desde el viernes en la mañana. Hasta me había dado un beso apurado en la frente y me soltó la típica frase de siempre:

—Ni modo, amor, toca trabajar. El proyecto está atrasadísimo.

Pero no era él.

—¿Bueno?

—¿Señora Morales? Habla Arturo Saldaña, el gerente de Esteban.

Me enderecé al instante.

—Sí, dígame.

—Perdone que la moleste en sábado, pero estoy preocupado. Esteban no vino ayer ni hoy, no contesta mensajes y pensé que quizá estaba enfermo.

Sentí que se me heló el pecho.

—¿Cómo que no fue? —pregunté despacio—. Salió de la casa desde el viernes temprano. Me dijo que iba a estar trabajando todo el fin de semana.

Hubo un silencio tan incómodo que me ardieron las orejas.

—Señora… no tenemos ningún cierre, ni guardias, ni nada urgente. De hecho, el viernes todos salimos temprano.

Le di las gracias, colgué y me quedé inmóvil unos segundos. Después me reí. No bonito. No nerviosa. Me reí como se ríe una mujer cuando por fin todo le cuadra y ya no le queda ni una sola duda.

Subí directo al cuarto y abrí el cajón donde Esteban guardaba la tarjeta negra, esa que sacaba solo para presumir o para decirme que “había que ser responsables”. La tomé sin temblar.

Le mandé un mensaje: “Tu jefe acaba de llamarme. Qué raro tu ‘trabajo de fin de semana’.”

Empezaron a aparecer los tres puntitos. Desaparecieron. Volvieron a aparecer. Y yo mandé otro antes de que pudiera contestar.

“No te preocupes por explicarme ahorita. Los niños y yo salimos a resolver otra emergencia.”

—¿Qué pasó, mami? —me preguntó Camila, ya parada junto a la puerta.

—Pasó que hoy se acabó el ahorro, se acabó la paciencia y se acabó tu papá como héroe de esta casa. Váyanse poniendo los zapatos.

La primera parada fue una juguetería en Plaza Universidad. Les dije que escogieran lo que quisieran. Emiliano abrazó una caja enorme de dinosaurios armables y Camila casi llora cuando vio una casita de muñecas que llevaba dos años pidiéndome.

—¿De verdad sí se puede? —susurró.

—Hoy sí —le contesté—. Hoy se puede todo.

Luego fuimos a Liverpool. Me medí vestidos que jamás me hubiera permitido comprar. Tacones. Perfume. Una bolsa que llevaba meses viendo de lejos. Mi celular no dejaba de vibrar. Nueve llamadas perdidas. Catorce mensajes. Uno tras otro.

“Amor, contéstame.”
“No es lo que crees.”
“Por favor, hablemos.”

Yo me pinté los labios frente al espejo y respondí: “Qué bueno que no estás trabajando. Así puedes enterarte de lo caro que sale mentirme.”

En el salón de belleza pedí corte, tinte, manicure, pedicure y hasta un tratamiento para el cabello que ni sabía pronunciar. Camila se reía viéndome con papel aluminio en la cabeza. Emiliano comía papitas sentado a mi lado.

—Mami, ¿estás enojada? —me preguntó él.

—No, mi amor —le dije, viéndome al espejo—. Ya pasé esa parte.

Ya casi de noche, con la cajuela llena de bolsas y el corazón hirviendo en silencio, pasamos frente a un hotel de la colonia Del Valle. Uno elegante, discreto, de esos donde nadie entra por accidente.

Y no sé por qué, pero supe.

Frené en seco.

—Bájense —dije.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Camila.

Los miré a los dos por el retrovisor. Respiré hondo. Sonreí sin alegría.

—Vamos a averiguar por qué su papá prefirió mentirnos… y no van a poder creer lo que está a punto de pasar.