Mi esposo llegó a casa sonriendo después de pasar una noche ardiente con mi mejor amiga, creyendo que yo no sabía nada. Entró por la puerta relajado, orgulloso y más feliz que nunca. Pero no tenía idea de que el karma ya lo estaba esperando…

PARTE 1

“Mi esposo llegó oliendo a la cama de mi mejor amiga y todavía tuvo el descaro de sonreírme.”

Entró a la casa a las 6:17 de la mañana, fresco, peinado con los dedos, con esa sonrisa de hombre que cree que acaba de salirse con la suya.

Yo estaba sentada en la cocina, todavía con la bata puesta, frente a una taza de café que se había enfriado hacía horas. Vivíamos en un fraccionamiento tranquilo en Querétaro, de esos donde los vecinos barren la banqueta antes de las ocho y todos fingen que no escuchan los pleitos detrás de las paredes.

La casa estaba impecable.

Cuando me daba miedo, limpiaba.

Cuando me dolía algo, tallaba pisos, acomodaba cajones, lavaba vasos que ya estaban limpios. Esa madrugada había limpiado como si pudiera arrancarme la traición de las manos.

Diego Ramírez cerró la puerta con cuidado. Traía la camisa arrugada, una marca roja cerca del cuello y el olor inconfundible del perfume de Paola.

Paola.

Mi mejor amiga desde la preparatoria.

La mujer que había estado en mi boda, que me abrazó cuando perdí a mi papá, que comía en mi mesa cada cumpleaños.

—Buenos días, amor —dijo Diego, demasiado tranquilo—. ¿Qué haces despierta tan temprano?

Lo miré sin parpadear.

—Podría preguntarte lo mismo.

Él dejó las llaves en el plato de barro junto a la entrada, como si viniera de una junta, no del departamento de otra mujer.

—Me quedé en casa de Luis después de la partida de dominó —dijo.

Luis llevaba ocho meses viviendo en Monterrey.

Diego lo sabía.

Yo también.

Pero los mentirosos cuentan con una cosa: que una siga fingiendo para no romper la vida que construyó.

Durante seis años, yo había sido la esposa comprensiva. La que no reclamaba mucho. La que aceptaba “juntas con clientes”, “cierres de proyecto”, “mensajes de trabajo” y “cansancio”. Y Paola siempre estaba ahí para calmarme.

—Mariana, Diego te adora —me decía—. No arruines tu matrimonio por insegura.

La noche anterior, a las 2:43, Paola me mandó por error un mensaje que no era para mí.

Dejaste tu reloj en mi buró. Regresa antes de que Mariana despierte.

Lo borró casi de inmediato.

Pero ya lo había leído.

Y con esas palabras algo dentro de mí no se rompió.

Se apagó.

Diego abrió el refrigerador y tomó jugo directo del envase. Antes me molestaba. Antes le decía algo. Esa mañana no me importó.

—¿Tienes algo planeado? —preguntó, evitando mis ojos.

—Sí —respondí—. Tu mamá viene a las ocho.

Su sonrisa se borró.

—¿Mi mamá? ¿Para qué?

—También viene Paola.

Diego se quedó inmóvil apenas un segundo. Después soltó una risa falsa.

—¿Qué es esto, Mariana? ¿Una novela?

—No —dije—. Es desayuno.

Él se acercó a la mesa, tratando de recuperar su encanto.

—Si estás molesta por algo, dímelo de una vez.

Miré el reloj.

6:22.

En menos de dos horas llegaría doña Carmen con el contador de la familia. Poco después, Paola entraría a esta misma casa creyendo que yo seguía siendo la amiga tonta que dudaba de su intuición.

Y en el cajón junto a mi rodilla había tres cosas que Diego ignoraba que yo tenía: una captura de pantalla, estados de cuenta y la llave de un departamento que ya no iba a poder pagar.

Sonreí por primera vez esa mañana.

—No estoy molesta, Diego —le dije—. Estoy lista.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…