PARTE 2
Durante la siguiente hora, Diego actuó como si estuviera fastidiado, no asustado.
Se bañó, se cambió de camisa, se puso loción, se lavó los dientes dos veces y me preguntó de siete formas distintas por qué venía su mamá. Yo le respondí siempre lo mismo.
—Desayuno.
A las 7:58 tocaron el timbre.
Doña Carmen Ramírez llegó con su bolsa negra, zapatos bajos y esa mirada firme de mujer que había criado tres hijos y no se dejaba engañar tan fácil. Detrás de ella venía Arturo Salgado, contador de la familia, cargando una carpeta de piel.
Diego frunció el ceño.
—Mamá, ¿por qué viene Arturo?
Doña Carmen se quitó el rebozo ligero de los hombros.
—Mariana me pidió que lo trajera.
Diego volteó hacia mí, pero antes de que pudiera decir nada, sonó otra vez el timbre.
Abrí la puerta.
Paola estaba afuera con un pantalón beige, blusa blanca, maquillaje perfecto y una sonrisa que se le cayó en cuanto vio a Diego detrás de mí.
—Mari… —murmuró—. Tu mensaje sonaba grave.
—Pasa —dije.
Durante un segundo, el pasillo se llenó de una verdad que nadie se atrevía a nombrar.
Luego Paola fingió normalidad.
—Ah… hola, Diego.
Doña Carmen los miró a los dos.
Nadie se sentó hasta que yo lo hice.
La mesa estaba puesta con café, fruta, pan dulce, huevos a la mexicana y unos muffins de blueberry que Paola me había enseñado a preparar años atrás, cuando todavía creía que una amiga no te podía clavar el cuchillo con una mano y abrazarte con la otra.
Diego soltó una risa seca.
—Esto es ridículo.
Puse mi celular en medio de la mesa.
La captura ya estaba abierta.
Dejaste tu reloj en mi buró. Regresa antes de que Mariana despierte.
Paola se puso pálida.
Doña Carmen cerró los ojos.
Diego intentó tomar el teléfono, pero la voz de su madre lo detuvo.
—No lo toques.
Él retiró la mano como niño regañado.
—Mariana —dijo Paola, con la voz temblorosa—, puedo explicarte.
—No me hagas perder más respeto por ti —respondí.
Diego se levantó.
—Fue un error.
—No —dije—. Error es comprar leche deslactosada cuando pedí normal. Esto fue una decisión.
Se pasó la mano por el pelo.
—Está bien, la regué. Pero traer a mi mamá es demasiado cruel.
Doña Carmen abrió los ojos.
—¿Cruel? Llegaste de la cama de otra mujer y le mentiste a tu esposa antes del desayuno.
Diego se quedó callado.
Volteé hacia Arturo.
—Enséñele, por favor.
Arturo abrió la carpeta y deslizó varios documentos sobre la mesa.
Diego los miró.
—¿Qué es esto?
—Transferencias de nuestra cuenta de ahorros —dije—. Diecisiete retiros en nueve meses. Todos marcados como gastos de consultoría. Todos enviados a una cuenta ligada a la boutique de Paola.
Paola abrió la boca.
Diego perdió el color.
—Mariana, eso fue un préstamo.
—¿A tu amante? —preguntó doña Carmen.
Paola lo miró con rabia.
—Tú me dijiste que era dinero de tu cuenta personal.
Ahí estuvo el giro que Diego jamás calculó.
No solo me había traicionado a mí. También había engañado a la mujer con la que me traicionó.
Arturo acomodó sus lentes.
—El total son un millón ciento ochenta mil pesos.
Doña Carmen se llevó la mano al pecho.
Diego golpeó la mesa.
—¡No tenías derecho a revisar mis movimientos!
—Nuestros movimientos —corregí—. Y cuando la cuenta de la hipoteca quedó por debajo del mínimo, el banco me avisó.
Paola empezó a llorar.
Pero esas lágrimas no sonaban a arrepentimiento.
Sonaban a miedo.
—Tú me dijiste que Mariana sabía —le reclamó a Diego.
Yo la miré directo.
—¿Sabía que mi mejor amiga recibía dinero de mi esposo mientras se acostaba con él?
Paola bajó la mirada.
Diego se dejó caer en la silla.
—¿Qué quieres?
Saqué el último documento del cajón y lo puse frente a él.
Una solicitud de separación.
—Quiero mi dinero de vuelta, mi nombre lejos de tus mentiras y mi vida fuera de tus manos.
Diego levantó la vista, y por primera vez esa mañana entendió que no estaba frente a una escena de celos.
Estaba frente a las consecuencias.
Y todavía faltaba lo peor por salir a la luz.