El sábado amaneció tranquilo, con un sol suave entrando por la ventana y olor a café recién hecho. Ricardo pasó toda la mañana emocionado, mandando mensajes, confirmando quién venía, presumiendo que “su esposa” iba a lucirse con la comida. A las dos de la tarde se asomó a la cocina, donde yo estaba preparando mi ensalada, mi pechuga y una porción pequeña de arroz. —Oye, amor, acuérdate del mole y las enchiladas. Mi mamá ya viene con mis tíos. Todos están esperando tu comida. Lo miré sin levantar la voz. —No voy a cocinar para tu familia. Su sonrisa se cayó un poco. —¿Cómo que no? —No voy a cocinar. Tú dijiste que desde ahora comprara mi propia comida y dejara de vivir de ti. Eso hice. Esta comida es mía. Si tú invitaste gente, tú resuelve. Al principio se rio, como si todavía pudiera convertirlo todo en broma. Pero cuando vio que yo seguía cortando mi aguacate con calma, se puso pálido. —Elena, no me hagas esto en mi cumpleaños. —No te estoy haciendo nada. Estoy siguiendo tu regla. —¡Pero ya viene toda mi familia! —Entonces debiste comprar comida para toda tu familia. Salió de la cocina furioso. Lo escuché hacer llamadas, una tras otra. Taquerías, restaurantes, rosticerías, servicio de banquetes. Todo estaba ocupado, cerrado o tardaba horas. A las cinco empezaron a llegar los invitados. Primero doña Mercedes, con su bolsa de regalo y su sonrisa orgullosa. Luego sus hermanos, primos, sobrinos, todos entrando con hambre, preguntando por el mole, por el pastel, por “la mano de Elena”. Ricardo sudaba. Decía que había un retraso, que todo estaba bajo control. Pero a las seis, cuando varios se asomaron a la cocina buscando las cazuelas enormes que siempre veían en nuestras reuniones, encontraron silencio. No había ollas grandes. No había charolas. No había pastel. Solo mi plato lavado, mi comida guardada con etiquetas y una mesa vacía. La cocina murió de golpe. Doña Mercedes miró el refrigerador. Leyó las etiquetas. MÍO. MÍO. MÍO. Luego miró a Ricardo. —¿Qué significa esto? Ricardo tragó saliva. —Es una tontería de Elena, mamá. Anda sensible. Yo di un paso al frente. —No, doña Mercedes. Su hijo me dijo delante de Gerardo que comprara mi propia comida y dejara de vivir de él. Así que desde hace tres semanas compro mi comida, cocino mi comida y guardo mi comida. Ricardo invitó a todos sin preguntarme porque creyó que, aunque me humillara, yo iba a servirle como siempre. La cara de doña Mercedes cambió. No fue tristeza. Fue vergüenza. De esa que llega tarde, pero llega completa. —¿Tú le dijiste eso a tu esposa? —Mamá, no fue así. —¿Le dijiste que dejara de vivir de ti? Ricardo miró alrededor. Todos estaban callados. Nadie se reía. Nadie lo defendía. Por primera vez, su público no le servía. Se acercó a mí y susurró, con rabia contenida: —¿Qué hiciste? Lo miré directo a los ojos. —Exactamente lo que me dijiste.
PARTE 3
MI ESPOSO ME DIJO: “COMPRA TU PROPIA COMIDA Y DEJA DE VIVIR DE MÍ”… ASÍ QUE EN SU CUMPLEAÑOS HICE EXACTAMENTE ESO