El día de mis treinta años, mi sobrino lanzó mi pastel a la piscina gritando: «¡He hecho lo que papá me pidió!»

—Si a los treinta todavía no tienes marido ni hijos, está claro que algo has hecho mal —dijo mi hermano alzando su copa, como si acabara de soltar la broma más brillante de la noche.

Sonreí por costumbre, pero por dentro sentí esa vieja punzada que me acompañaba desde niña, cada vez que Ricardo decidía recordarme cuál era, según él, mi lugar en la familia. Aquella noche celebraba mis treinta años y me había prometido no dejar que me la arruinara. Había reservado una terraza preciosa junto al lago en Valle de Bravo, con luces colgantes entre las vigas, flores blancas sobre las mesas y un pastel de tres pisos que había encargado semanas antes. Quería una noche tranquila. Elegante. Solo mía.

Durante los primeros cuarenta minutos, casi lo conseguí.

Mis amigas llegaron con regalos, mis primos con abrazos ruidosos, mis padres con sonrisas tensas y un ramo de girasoles que me hizo sentir querida de verdad. Incluso pensé que, tal vez, por una vez, Ricardo se comportaría. Pero no. Llegó tarde, como siempre, seguido de su esposa, Paola, y de su hijo Mateo, que corría entre las mesas como un torbellino.

—Mira nada más a la reina de la fiesta —dijo Ricardo dándome una palmada en el hombro—. Treinta años y todavía gastando como si no tuvieras ninguna responsabilidad.

Lo dijo riéndose. Como siempre. Como si cada puya disfrazada de chiste dejara de doler solo por envolverla en una sonrisa.

Mateo, de diez años, no paraba quieto. Tocaba una decoración, luego una servilleta, luego casi le tiraba un vaso a un camarero. Le pedí a Ricardo con calma que lo hiciera sentarse un momento.

—Relájate —respondió él—. Para eso te falta experiencia. Los niños son así.

No era la primera vez que me convertía en su blanco. En cada comida familiar hacía comentarios sobre mi soltería, mi reloj biológico, mi apartamento en la ciudad, mi trabajo, mi libertad… como si todo lo que había construido fuera solo un consuelo por no tener la vida que él consideraba correcta. Y mis padres, aunque a veces murmuraban un “ya basta, Ricardo”, nunca lo detenían del todo.

Aquella noche noté algo peor: cada vez que yo me alejaba unos minutos para saludar a alguien, Ricardo se inclinaba hacia Mateo y le susurraba cosas al oído. El niño me miraba después, asentía y sonreía como si recibiera una misión secreta.