Mi esposo plantó dr*gas en mi bolso para meterme en la cárcel y apoderarse de toda mi fortuna, pero entonces, el carcelero me miró de repente y dijo: “Esta noche, empezamos nuestro plan…”

Isabel ya no parecía una amiga preocupada. Ahora se aferraba con coquetería al brazo de Carlos, apoyando la cabeza en el hombro del marido de Elena. Ambos observaron a Elena, acurrucada en el suelo como una rata sucia. Se acabaron las apariencias. Sus verdaderos colores quedaron al descubierto. Carlos se rió suavemente, una risa que resonó en el silencioso pasillo. Acercó su rostro a los barrotes y miró fijamente a los ojos de su esposa con un tono triunfante.

Carlos le dijo que había esperado mucho tiempo por este momento. Admitió que él mismo había puesto las drogas en el maletín de Elena mientras ella se duchaba. Él también había saboteado al abogado para que no la defendiera adecuadamente. Carlos dijo que estaba harto de vivir a la sombra del éxito de Elena y que quería adueñarse de toda la riqueza que ella había heredado de su padre. Isabel añadió, con un tono burlón, que Elena era demasiado estúpida e inocente. Confesó que siempre la había envidiado y que ahora sería ella quien disfrutaría de todos sus lujos.

Las últimas palabras que Carlos pronunció antes de irse fueron las que finalmente destrozaron el corazón de Elena: “Púdrete en la cárcel. Ahora todo es nuestro.” Carlos e Isabel se dieron la vuelta riendo a carcajadas, dejando a Elena completamente destrozada. Las lágrimas de Elena brotaron sin control. Sintió la traición de las dos personas en las que más había confiado. Lloró hasta quedarse sin voz, golpeando el frío suelo de la celda. La desesperación comenzó a apoderarse de su mente. Sintió que su vida había terminado en ese pequeño espacio, pero el destino tenía otros planes para ella.

Mientras Elena lloraba desconsoladamente, un guardia mayor llamado Roberto se acercó para cerrar la puerta del bloque de aislamiento. Roberto era un hombre de mediana edad, con un rostro severo y lleno de cicatrices, temido por los demás reclusos. Su intención era gritarle a Elena que se callara, pero cuando se acercó a los barrotes, sus ojos se fijaron en algo que brillaba en el cuello de Elena. Un collar de plata con un colgante en forma de rosa negra. Era lo único que le habían permitido conservar, ya que los inspectores lo consideraron una joya barata.

La mirada antes severa de Roberto cambió de repente. Su cuerpo se tensó como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se quedó mirando fijamente el collar. Luego miró el rostro de Elena buscando un parecido con alguien de su pasado. La mano de Roberto temblaba mientras se agarraba a los barrotes. Lentamente, el temido guardia se arrodilló en el sucio suelo justo delante de la celda de Elena. Elena, al ver el extraño comportamiento del guardia, se asustó y retrocedió hacia el rincón, pero Roberto no le hizo ningún daño.

Con voz temblorosa y respetuosa, susurró en voz baja que esa noche ejecutarían un gran plan. La llamó señora. Roberto le dijo que pronto descubriría todo sobre su verdadera identidad. Elena guardó silencio, confundida y asustada, pero una extraña esperanza surgió de los ojos del viejo guardia. Llegó la medianoche y la prisión estaba tan silenciosa como un cementerio. El único sonido era el goteo de un grifo roto en la distancia. Elena no podía dormir. Las extrañas palabras de Roberto daban vueltas en su cabeza.