Ben y yo tuvimos ocho hijos: cinco niñas y tres niños, y nuestra casa siempre estaba llena de ruido, caos y vida. Era agotador, pero me encantaba cada segundo.
Cuando nuestros hijos crecieron, Ben empezó a llevarlos de viaje a una cabaña apartada en el bosque, un lugar que había heredado de su abuelo. Se convirtió en una tradición.
Hace cinco años, me quedé afuera, despidiéndome con la mano mientras se iban a uno de esos fines de semana.
No sabía que sería la última vez que los vería.
Más tarde ese día, estaba en el fregadero de la cocina, viendo llover, cuando un coche patrulla entró en nuestra entrada. Al principio, no le di mucha importancia; nuestro amigo Aaron era policía y a veces pasaba por aquí.
Pero en cuanto abrí la puerta y vi su cara, supe que algo andaba muy mal.
—Lo siento mucho, Carly —dijo, con los ojos rojos—. Ha habido un accidente.
No entendía lo que quería decir, hasta que me tomó de las manos y me contó la verdad que lo destrozó todo.
La camioneta de Ben se había precipitado por un precipicio durante la tormenta y volcó. No hubo supervivientes.
—No —susurré—. Él conoce esa carretera. Siempre consulta el pronóstico del tiempo.
Aaron asintió con gravedad. —Lo sé.
No tenía sentido. ¿De verdad Ben había cometido semejante error?