PARTE 2
A la mañana siguiente mi cuerpo se sentía prestado. Tenía el labio abierto, las costillas moradas y una punzada en el costado cada vez que respiraba hondo, pero por dentro estaba más clara que nunca. Jessica pasó la noche conmigo, me obligó a llamar a la policía, a ir a urgencias, a fotografiar cada golpe y a guardar cada fragmento de vidrio como si estuviera armando un caso, no una tragedia. Y tenía razón: eso era exactamente lo que estábamos haciendo. Mientras ella preparaba café y escribía notas en una libreta, yo abrí mi laptop y entré al portal bancario. Ahí estaba, limpio, impecable, insultante: la aprobación del crédito hipotecario por quince millones de pesos, condicionada a mi figura como aval. Mi nombre era el cimiento legal de la casa soñada de Miguel y Sara. Mi firma. Mi historial. Mi confiabilidad. Todo lo que ellos habían despreciado de mí en persona, pero usado en papel sin una sola gota de vergüenza. El sistema no lo hacía fácil. Había advertencias, autenticación doble, preguntas de seguridad, mensajes sobre posibles consecuencias graves. Leí cada línea con una calma que ya no se parecía a mi antigua paciencia. Jessica me preguntó si estaba segura. Miré el moretón reflejado en la pantalla negra de la laptop y le dije que sí. Firmé la revocación del aval sin temblarme. Mi firma digital se veía pequeña, incluso elegante, pero yo sabía que acababa de volarle el techo a la vida que ellos ya estaban decorando en su cabeza. Luego vino el resto. Solicité el reporte médico completo. Pedí copia del parte policial. Conseguí el video del pasillo del edificio, donde se veía clarísimo a Sara empujarme y a Miguel irse. Armé una carpeta llamada PRUEBAS y dentro metí fotos, fechas, mensajes, llamadas, capturas y el texto exacto de “Aléjate de nosotros”. Esa misma noche Miguel llamó en pánico. Dijo que el banco los había contactado, que el crédito estaba detenido, que qué demonios había hecho. Lo dejé hablar. Después le respondí con una voz que ya no reconocía como mía: que había hecho exactamente lo que él pidió, alejarme de él, incluyendo mi nombre, mi crédito y mis finanzas. Colgué. Diez minutos después golpearon mi puerta como si quisieran echarla abajo. Miré por la mirilla. Sara tenía la cara deformada de rabia. Miguel parecía enfermo. Ella gritaba que yo les estaba arruinando la vida. Él suplicaba que habláramos. No abrí. Llamé a la policía otra vez. Y cuando los agentes se fueron y el edificio volvió a quedarse en silencio, entendí algo que ya no olvidé nunca: no estaban arrepentidos por haberme dejado tirada en el piso. Estaban desesperados porque, por primera vez, mi utilidad tenía fecha de caducidad.
MI FUTURA CUÑADA ME DEJÓ SANGRANDO EN LA COCINA… Y CUANDO MI HERMANO ME ESCRIBIÓ “ALÉJATE DE NOSOTROS”, HICE CAER LA CASA QUE PENSABAN COMPRAR CON MI NOMBRE