PARTE 1
“Si llegas tarde esta noche, mi mamá va a pensar que no vales para esta familia.”
Eso fue lo último que Andrés me dijo antes de que yo viera al viejito caer junto a la parada del Metrobús, sobre Paseo de la Reforma.
Ya iba tarde. Diez minutos, quizá quince. Era la primera vez que conocería a sus papás en la mansión de Las Lomas, y Andrés llevaba semanas repitiéndome que su familia era “muy especial”, “muy exigente”, “muy de cuidar las formas”.
Pero el señor cayó como si alguien le hubiera apagado la vida.
Los coches siguieron pasando.
Una señora se tapó la boca, pero no se acercó.
Un muchacho grabó con el celular.
Yo frené como pude, dejé las intermitentes prendidas y corrí hacia él. Me arrodillé en la banqueta fría, sin importarme que mi vestido negro se ensuciara ni que mis tacones se rasparan.
El hombre respiraba apenas. Tenía la cara pálida, una mano cerrada sobre un guante de piel y el saco abierto, como si hubiera caminado sin rumbo durante horas.
Llamé al 911 con la voz temblando.
—Ya viene ayuda, señor —le dije, aunque no sabía si podía oírme—. No está solo.
Entonces empezó a vibrar mi celular.
Andrés.
Lo ignoré una vez.
Dos.
A la tercera contesté.
—Hay un señor tirado en la calle. Ya pedí ambulancia.
Del otro lado hubo un silencio tenso.
—Mariana, hoy es la cena con mis papás.
Miré al hombre inconsciente.
—Lo sé.
—Mi mamá ya está preguntando por ti.
—Pues dile la verdad.
Andrés suspiró, molesto.
—No hagas de esto una escena moral. Si ya viene la ambulancia, quédate hasta que lleguen y luego vente rápido.
Sentí algo frío dentro del pecho.
—No lo voy a dejar solo.
—Siempre eres igual —dijo—. Todo lo conviertes en una prueba de quién es buena persona.
Antes de que pudiera responder, llegó la ambulancia. Los paramédicos revisaron al señor, lo subieron a la camilla y me preguntaron si era familiar.
—No —dije—. Solo lo encontré.
Uno de ellos sacó de su saco una pequeña cartera de piel. No tenía INE, ni teléfono, ni dirección. Solo unas iniciales grabadas en metal dorado:
H. V.
Me pidieron acompañarlos al Hospital Español para dar mi declaración. Fui con ellos.
Cuando por fin salí, casi una hora después, tenía el pelo deshecho, el vestido arrugado y tres mensajes de Andrés.
¿Dónde estás?
Mi mamá está ofendida.
Por favor llega y sé encantadora.
Sé encantadora.
Como si la vida de un hombre valiera menos que una sonrisa bien puesta frente a gente rica.
Cuando llegué a la mansión de los Villaseñor, Andrés me abrió antes de que tocara el timbre. No me besó. No preguntó cómo estaba el señor.
Solo susurró:
—Tienes que disculparte.
—¿Por llegar tarde?
—Por hacerme quedar mal.
Detrás de él apareció una mujer elegante, con perlas en el cuello y una mirada que me midió de pies a cabeza.
—Así que tú eres Mariana —dijo—. La muchacha que hizo esperar a mi hijo.
Iba a contestar, pero el teléfono de la casa sonó.
El mayordomo contestó. Su rostro cambió.
—Señora Cecilia… llaman del Hospital Español.
Todos se quedaron quietos.
El mayordomo tragó saliva.
—Encontraron a don Héctor Villaseñor.
Y entonces la madre de Andrés volteó lentamente hacia mí.
—¿Qué viejo ayudaste esta noche?
No pude creer lo que estaba a punto de pasar.