Cuando el sol empezaba a esconderse detrás de los cerros de Jalisco, Mateo dejó la azada suspendida en el aire. No fue por cansancio. Fue porque su hija Lucía, que estaba arrancando hierbas junto a la cerca con una palita de metal, se quedó completamente quieta.
—Papá… hay alguien en la entrada.
Mateo alzó la vista. En medio del portón de madera había una mujer sola. No avanzaba, no retrocedía. Llevaba una maleta vieja de cuero, una mochila pesada y un vestido floreado color rosa que apenas lograba cubrirle el vientre enorme. Estaba embarazada de muchos meses. Tenía polvo en las sandalias, en las piernas y en las manos. Se veía agotada, pero no derrotada.
Lucía se pegó al brazo de su padre.
Mateo caminó hasta el portón con paso lento. Cuando estuvo frente a ella, vio que era joven, demasiado joven para cargar sola con tanto. Cabello oscuro, ojos cansados y una dignidad que no se había roto ni con el camino.
—Buenas tardes —dijo él.
—Buenas tardes, señor.
Ella tragó saliva y habló sin rodeos:
—Si usted me deja quedarme… yo cocino.
El viento pasó entre los tres. A lo lejos cacareó una gallina. Mateo pensó en decir que no. Pensó en la niña que dependía de él, en la casa pequeña, en el rancho que apenas alcanzaba para dos. Pensó en que no era su problema.
Pero volvió a verla: no estaba pidiendo caridad, estaba ofreciendo trabajo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Ana.
Mateo guardó silencio un segundo. Luego abrió el portón.
—Pásale.
Nada más.
Ana lo miró como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien. Después entró, sujetando la maleta con ambas manos. Lucía dio un paso atrás para dejarla pasar, sin quitarle los ojos de encima. Y así, en silencio, los tres caminaron hacia la casa, una casa de ladrillo recubierto con techo de teja, un corredor al frente y un jacarandá torcido que Lucía trepaba desde los seis años, aunque su padre se lo prohibiera.
Adentro, Mateo señaló el cuarto del fondo.
—Hay una cama y un ropero. No es gran cosa.
—Es más de lo que necesito —respondió Ana.
Esa misma noche cocinó con lo poco que había: jitomate, cebolla, ajo, arroz, frijoles y un trozo de carne que Mateo había sacado del congelador sin mucha intención. Pero de aquel fogón salió algo distinto. La casa se llenó de olor a comida de verdad, a hogar, a algo que Mateo no había sentido en años.
Lucía fingió pasar varias veces por la cocina antes de quedarse en la puerta.
—¿Tienen laurel? —preguntó Ana.
—En el mueble de arriba, detrás de la sal —respondió Mateo desde la sala.
—Yo lo agarro —dijo Lucía, antes de que alguien se lo pidiera.
Ana sonrió apenas.
—Gracias, Lucía.
Cenaron los tres juntos, en silencio, pero ya no era el silencio de dos. Era el de tres personas que todavía no sabían cómo acomodarse unas a otras, pero empezaban a intentarlo.
Al día siguiente, Mateo salió antes del amanecer, como siempre, para atender a los animales. Cuando Ana despertó, puso café de olla y calentó tortillas en el comal. Lucía apareció en la cocina despeinada, descalza, con esa expresión seria de niña que observa antes de decidir.
—Buenos días, Lucía —dijo Ana sin volverse.
La niña frunció el ceño.
—¿Cómo supo que era yo?
—Tu papá usa botas —contestó Ana—. Tú no.
Lucía miró sus pies descalzos y se sintió descubierta. Se sentó en la silla de siempre. Ana le puso enfrente una taza con más leche que café.
—¿Cómo sabía que así me gusta?
—No sabía. Pero tienes diez años. Lo imaginé.
Lucía no dijo que estaba bueno. Solo tomó otro sorbo.
Los días empezaron a acomodarse solos. Mateo trabajaba la huerta, el corral y el maíz. Ana cocinaba, lavaba y ponía flores silvestres en la ventana sin que nadie se lo pidiera. Lucía hacía la tarea en la mesa, ayudaba con la ropa y cada vez encontraba más razones para quedarse cerca de Ana.
Una mañana, mientras tendían sábanas bajo la sombra del mezquite, Lucía soltó, de pronto:
—Mi mamá murió cuando yo nací.
Ana se quedó quieta, con una camisa mojada en las manos.
—Lo siento —dijo con suavidad.
—Ni siquiera la conocí —continuó Lucía—. Mi papá guarda una foto de ella en la gaveta. Casi nunca la saca.
—Todavía le duele —dijo Ana.
Lucía la miró de reojo.
—Sí.
Después de un rato, preguntó:
—¿Y el papá de su bebé?
El hombro de Ana se tensó apenas.
—Ya no está.
No dijo más. Lucía entendió. Había respuestas cortas que escondían historias demasiado largas.
La primera vez que de verdad se acercaron fue una tarde de martes. Mateo había ido al pueblo. Ana estaba sentada en el corredor pelando yuca para la cena. Lucía se sentó en el escalón, a cierta distancia.
—¿Puedo intentar? —preguntó.
Ana le pasó un pedazo y el cuchillo. Lucía cortó demasiado grueso, llevándose media raíz.
—No así —dijo Ana con calma—. Más de lado. Como si resbalara.
La niña volvió a intentarlo. Esta vez salió mejor.
Entonces el bebé se movió. No fue una patadita pequeña. Fue una ondulación clara en el vientre de Ana. Lucía abrió los ojos como platos.
—¡Lo vi!
Ana soltó una risa bajita.
—Anda despierto.
Lucía dudó un momento.
—¿Puedo tocar?
Ana no necesitó oír la pregunta completa.
—Puedes.
La niña puso la mano con un cuidado reverente sobre la barriga. Esperó. Cuando ya estaba a punto de retirarla, sintió un golpecito suave, real, debajo de su palma.
Lucía dejó escapar el aire.
—Me sintió.
—Sí —dijo Ana—. Y tú a él.
Aquella noche, cuando Mateo regresó, encontró a Lucía dibujando en la sala y a Ana leyendo en el sillón. No era una escena extraordinaria, y sin embargo a él le sacudió algo por dentro. La casa se veía menos vacía.
Días después, Lucía le preguntó a Ana, sin rodeos:
—¿A usted le gusta mi papá?
Ana no se rió.
—Tu papá es un buen hombre.
—No pregunté eso —insistió Lucía—. Pregunté si le gusta.
Ana suspiró.
—No sé todavía qué siento. Pero sé que aquí me he sentido segura.
Lucía bajó la mirada.
—Yo no me enojaría si se quedara.