Ryan Mercer sostenía la invitación de la boda entre los dedos, sonriendo—no con calidez, sino con la satisfacción silenciosa de alguien que creía haber encontrado la forma perfecta de herir a otra persona.

No era el tipo de sonrisa que nace de la familia, la nostalgia o la alegría por su prima Madison. Era calculada—fría. Para él, esa invitación no era una celebración. Era una oportunidad. Un escenario. Una ocasión para presentar su versión de la verdad ante un público que ya se había cansado de escucharlo justificarse a puertas cerradas.
Sentado en su coche, fuera de una concurrida cafetería de Miami, con la luz del sol atravesando el parabrisas, Ryan apenas notaba el mundo moviéndose a su alrededor—coches pasando, desconocidos discutiendo, la vida continuando.
Su atención estaba en otra parte.
En Grace.
No en la verdadera Grace, sino en la que él necesitaba que fuera.
Cansada. Desgastada. Todavía lo bastante atractiva como para recordar a todos que alguna vez había elegido bien—pero lo bastante agotada como para demostrar que haberla dejado había sido la decisión correcta. La imaginaba entrando a la boda con un vestido sencillo, sus gemelos aferrados a sus manos, el cabello recogido porque ya no tenía tiempo para nada más.
Imaginaba a su madre mirándola con esa expresión familiar—una que decía en silencio: *Siempre supe que no eras suficiente para mi hijo.*
Se imaginaba a los familiares dándose cuenta. Comparando. Juzgando.
Y finalmente… dándole la razón.