Secuestraron a la chica equivocada y despertaron a un monstruo al que incluso el jefe de la mafia temía.

Secuestraron a la chica equivocada y despertaron a un monstruo al que incluso el jefe de la mafia temía.
La mujer equivocada
PARTE 1: La presa que no era presa
La lluvia caía sobre la Ciudad de México con una tristeza pesada, empapando las banquetas de la colonia Roma y apagando los letreros de los cafés cerrados. Bajo el toldo viejo de una librería, Inés Aranda esperaba un taxi con el cuello de su gabardina levantado.

A simple vista parecía una mujer común: treinta y tantos años, rostro sereno, cabello recogido, una bolsa sencilla colgada al hombro. Nadie habría imaginado que su verdadero nombre había sido borrado de expedientes oficiales años atrás, ni que sus manos, quietas dentro de los bolsillos, sabían desarmar a un hombre antes de que pudiera gritar.

Cuando la camioneta negra subió violentamente a la banqueta, Inés no se sobresaltó.

Solo observó.

Sin placas. Vidrios polarizados. Tres hombres. Mal entrenados.

La puerta corrediza se abrió de golpe.

—¡Es ella! —gruñó uno—. ¡Agárrenla antes de que grite!

Un brazo le rodeó la cintura. Una mano áspera le tapó la boca. Inés pudo haberle roto la muñeca en ese instante. Pudo haberle hundido el codo en la garganta. Pudo haber terminado todo en tres segundos.

Pero no lo hizo.

Necesitaba saber quién los había enviado.

Así que fingió miedo. Pataleó torpemente, dejó escapar un gemido ahogado y permitió que la arrojaran al interior de la camioneta. Le cubrieron la cabeza con una bolsa de tela y le amarraron las muñecas con cinchos industriales.

—Ya la tenemos —dijo uno desde el asiento delantero—. Avísale al patrón que agarramos a Renata Aranda.

Bajo la tela oscura, Inés cerró los ojos.

Renata.

Su hermana menor.

La niña caprichosa que siempre había vivido rodeada de fiestas, deudas y hombres peligrosos. La misma hermana que no le hablaba desde hacía dos años, pero que seguía siendo sangre de su sangre.

—Se ve más flaca en persona —se burló otro hombre.

Inés bajó la cabeza y fingió sollozar.

Ellos creían haber secuestrado a una socialité endeudada.

No sabían que habían despertado a alguien mucho peor.

El trayecto duró cuarenta minutos. Por los giros, los baches y el olor a humedad industrial, Inés calculó que iban rumbo a una bodega abandonada cerca de los viejos almacenes de Azcapotzalco.

Cuando la bajaron, la sentaron en una silla metálica. Le amarraron los tobillos. Cerraron una cortina de acero que resonó en todo el lugar como una sentencia.

—Aquí esperamos a don Gael Santillán —dijo uno.

Inés reconoció el nombre.

Gael Santillán no era un delincuente cualquiera. Controlaba rutas, aduanas, bodegas y políticos. Un hombre tan elegante como peligroso. Un hombre que jamás perdonaba una traición.

Pero esa noche, alguien más había cometido el error.

Inés giró apenas la muñeca izquierda. El cincho estaba mal puesto. No cruzaron sus manos. Aficionados.

Respiró hondo, dislocó su pulgar con un movimiento seco y deslizó la mano fuera del plástico. El dolor le subió por el brazo como fuego blanco, pero no emitió sonido. Volvió a colocar el dedo en su sitio y dejó las manos detrás de la espalda, como si siguiera atada.

Esperó.

Entonces la cortina metálica se levantó.

Zapatos caros caminaron sobre el concreto.

—¿La vieron bien antes de traerla? —preguntó una voz masculina, baja, fría.

—Sí, jefe. Es Renata Aranda.

Le quitaron la bolsa de la cabeza.

La luz blanca la cegó un segundo. Cuando sus ojos se adaptaron, vio a Gael Santillán frente a ella. Traje negro, rostro afilado, mirada de hielo. No parecía un matón. Parecía un rey cansado de ordenar muertes.

Él la observó.

Esperaba llanto. Súplicas. Histeria.

Pero Inés solo lo miró de vuelta.

Gael entrecerró los ojos.

—Ustedes son unos idiotas —dijo despacio.

Uno de los secuestradores tragó saliva.

—Jefe…

—Esta no es Renata Aranda.

El hombre palideció.

Inés habló por primera vez.

—Por fin alguien con ojos.

Gael se acercó.

—¿Quién eres?

—La hermana que Renata jamás menciona.

—Renata no tiene hermana.

Inés sonrió apenas.

—No en los documentos que tú puedes comprar.

La bodega quedó en silencio.

Gael la miró distinto. Con sospecha. Con interés. Y, por primera vez, con cautela.

—¿Quién te entrenó?

Antes de que ella respondiera, una explosión sacudió la entrada de la bodega.

La cortina metálica salió despedida. Vidrios, polvo y chispas llenaron el aire.

Los hombres de Gael cayeron buscando cobertura.

—¡Los Rojas! —gritó uno—. ¡Nos encontraron!

Un grupo armado entró entre el humo.

Gael sacó su pistola, pero estaba atrapado detrás de una máquina oxidada. Sus hombres respondieron, pero los atacantes eran más numerosos.

En medio del caos, la silla donde estaba Inés quedó vacía.

Uno de los sicarios enemigos avanzó sin verla. Inés apareció detrás de él, le torció el brazo, le arrebató el arma y lo derribó de un golpe seco.

No hubo gritos.

Solo movimientos precisos.

Un segundo hombre apuntó hacia Gael. Inés disparó antes. El arma cayó al suelo. Otro la atacó con un cuchillo. Ella esquivó, golpeó su rodilla y lo dejó inmóvil.

Gael, desde su refugio, la vio moverse entre el humo como una sombra entrenada para la guerra.

Cuando todo terminó, el concreto estaba marcado por sangre que no era de ella.

Inés se quedó de pie, respirando tranquila.

Gael bajó lentamente su arma.

—¿Qué demonios eres?

Ella miró los cuerpos, luego a él.

—La mujer equivocada.

PARTE 2: La hermana perdida
Gael no volvió a apuntarle.

Eso, para un hombre como él, era casi una reverencia.

—Los Rojas no vinieron por mí de casualidad —dijo Inés, limpiándose la sangre de la mejilla con la manga—. Vinieron porque sabían que estarías aquí.

—Alguien filtró la ubicación.

—Y mi hermana está metida en esto.

Gael apretó la mandíbula.

—Renata me robó algo.

—¿Dinero?

—Peor. Un archivo.

Inés lo miró.

—¿Qué tipo de archivo?

—Un registro cifrado con pagos, rutas, nombres de funcionarios, socios y enemigos. Si cae en manos de los Rojas, incendian media ciudad. Si cae en manos del gobierno correcto, también.

Inés cerró los ojos.

Renata no entendía el peligro. Seguramente pensó que podía vender el archivo al mejor postor y pagar sus deudas.

—¿Dónde está ella? —preguntó.

Gael hizo una llamada. En menos de diez minutos, sus hombres rastrearon el último movimiento del celular de Renata: un motel barato en la salida a Querétaro.

—Vamos —dijo Inés.

—Mis hombres irán.

—Tus hombres la asustarán. Renata correrá, gritará o hará una estupidez. Yo entro contigo. Nadie más.

Gael la miró con incredulidad.

—¿Me estás dando órdenes?

—Te estoy dando una oportunidad de recuperar tu archivo y seguir vivo.

Por primera vez, él sonrió.

No era una sonrisa amable.

Era una sonrisa de alguien que acababa de encontrar algo que no podía controlar.

Fueron en un auto gris, sin escoltas visibles. La lluvia seguía cayendo cuando llegaron al motel. La habitación 17 tenía la puerta entreabierta.

Inés lo supo antes de entrar.

Algo estaba mal.

Empujó la puerta.

La habitación estaba vacía. La maleta de Renata, abierta. Ropa tirada. Un labial roto sobre la cama. En el espejo, escrito con pintura roja, había una frase:

“Gracias por traerla a la luz.”

Gael maldijo.

Inés encontró en el piso una pulsera de plata. Era de Renata. Se la había regalado su madre antes de morir.

Su rostro no cambió, pero sus dedos se cerraron con fuerza.

—Los Rojas la tienen.

—Entonces ya perdimos el archivo —dijo Gael.

Inés lo miró con una calma terrible.

—No. Ahora ellos perdieron la ventaja.

Horas después, descubrieron el lugar: una fábrica de hielo abandonada en Naucalpan, propiedad de una empresa fantasma de Iván Rojas, el enemigo de Gael.

Gael quería mandar veinte hombres.

Inés lo detuvo.

—Si haces eso, matan a Renata antes de que cruces la puerta.

—¿Entonces?

—Usaremos a tus hombres como ruido. Tú y yo entramos por atrás.