PARTE 2
Durante dos días, Daniela creyó que había encontrado una mina de oro.
Subía historias desde la camioneta, manejando por Reforma, posando en Masaryk, invitando a mis papás a cenar en lugares donde antes solo veían el menú por curiosidad y se iban. Mi mamá comentaba cada foto con corazones: “Mi niña hermosa, siempre supe que llegarías lejos”.
Yo veía todo desde un departamento temporal en Santa Fe, sentado frente a una mesa de cristal, con Alejandro Salvatierra y su equipo legal revisando cada movimiento.
—La compra del vehículo ya se cerró —dijo el jefe de seguridad—. Firmó contrato digital.
En la pantalla apareció la firma. Daniela había escrito mi nombre: Valeria Salvatierra.
No solo había robado la tarjeta. Había falsificado una identidad corporativa ligada a una empresa internacional.
Alejandro cruzó los brazos.
—Tu hermana no entiende el tamaño del problema.
—Nunca entendió nada que no le diera likes —respondí.
Si yo hubiera llamado a una patrulla ese sábado, mis papás habrían llorado, ella habría dicho que fue un malentendido familiar y tal vez todo habría terminado con una denuncia débil. Pero al dejar que usara la tarjeta, al permitir que firmara, al cruzar pagos bancarios entre México y Estados Unidos, Daniela había convertido su capricho en fraude financiero.
El lunes por la tarde, el punto rojo del rastreador se detuvo en una boutique de lujo en Polanco.
Daniela entró con mi mamá como si fueran celebridades. Pidió bolsas, lentes, mascadas y un reloj carísimo. Hablaba fuerte para que todos la oyeran.
—Me llevo todo. Mi tarjeta no tiene límite.
Sacó la tarjeta negra y la aventó sobre el mostrador.
La terminal no marcó “rechazada”. Marcó algo peor.
ACTIVO CORPORATIVO FRAUDULENTO. RETENER TARJETA. NOTIFICAR A AUTORIDADES.
La vendedora palideció.
—Señorita, tengo que llamar a seguridad.
Daniela explotó.
—¡Dame mi tarjeta, naca! ¿Sabes quién soy?
Mi mamá empezó a jalarle el brazo.
—Daniela, vámonos.
Salieron furiosas hacia la camioneta. Daniela se subió al volante, mi mamá al copiloto. El motor encendió, pero la pantalla central se apagó de golpe. Después apareció el emblema plateado de Grupo Salvatierra.
Clac.
Las cuatro puertas se bloquearon al mismo tiempo.
Daniela jaló la manija.
—¿Qué le pasa a esta cosa?
Tres camionetas negras cerraron la calle. Hombres con chalecos de la Fiscalía y agentes financieros bajaron rodeando el vehículo. La cara de mi mamá se descompuso.
Entonces llegó mi papá corriendo, gritando que soltarán a su hija, que nosotros no sabíamos con quién nos metíamos.
En ese momento apareció un Mercedes blindado. La puerta se abrió. Bajó Alejandro Salvatierra. Y detrás de él, bajé yo.
Mi padre me vio con traje sastre, lentes oscuros y escoltas a los lados.
Por primera vez en su vida, no supo qué decir.
Y Daniela, encerrada dentro de la camioneta, entendió que la parte más horrible apenas iba a comenzar…