PARTE 1
“¡Ya no sirves para nada, Valeria, así que lárgate de esta casa!”
Eso me gritó mi hermana Daniela frente a mis papás, parada junto a una camioneta nueva color negro mate que todavía olía a agencia.
Hasta esa mañana, yo seguía siendo “la mantenida” de la familia.
Tenía veintisiete años, vivía en el cuarto de servicio adaptado al fondo de la casa en Iztapalapa y pasaba casi todo el día frente a dos monitores. Para mi mamá, doña Rosa, eso significaba una cosa: flojera. Para mi papá, Arturo, yo era una vergüenza que no había sabido “hacer algo de provecho”.
—Tu hermana sí se mueve, sí tiene imagen, sí sabe tratar a la gente —decía mi mamá mientras le servía más café a Daniela—. Tú nomás encerrada, picándole a la computadora.
Daniela era la princesa. Nunca duraba en ningún trabajo, pero tenía la palabra “influencer” en su biografía de Instagram y eso, para mis papás, era una carrera. La mantenían con el dinero de la tanda, los ahorros y la renta que yo pagaba en silencio.
Lo que ellos no sabían era que yo no trabajaba de freelance. Yo era la operadora financiera de Alejandro Salvatierra, uno de los empresarios más reservados de México. Manejaba contratos, compras, inversiones y transferencias que jamás podían salir en mi nombre. Por eso callaba.
Tres días antes, Alejandro me había entregado una tarjeta negra corporativa para cerrar una compra discreta de un terreno en Santa Fe. No tenía límite normal. No era mía, pero estaba bajo mi custodia.
La noche anterior cometí un error. Después de una cena llena de insultos, bajé a mi cuarto agotada y dejé mi bolsa sobre el escritorio. No vi que Daniela se quedó mirando desde la puerta entreabierta.
A la mañana siguiente, mi celular seguro vibró con una alerta roja.
Compra pendiente: Agencia Altura Motors, Polanco. Monto: 54,800 dólares.
Corrí a mi bolsa. La tarjeta ya no estaba.
Cuando salí a la calle, la vi: una camioneta europea, negra, brillante, con placas temporales. Daniela bajó con lentes enormes y una sonrisa de reina.
—¿Robaste mi tarjeta? —le grité.
Ella soltó una carcajada y la sacó de su bolsa.
—¿Tu tarjeta? No seas ridícula. Una fracasada como tú jamás tendría esto. Seguro se la robaste a algún viejo rico.
Mis papás salieron emocionados. Mi mamá lloró de orgullo. Mi papá abrazó a Daniela.
Cuando intenté explicar, nadie escuchó.
—Es una ladrona —dije—. Si no devuelve esa tarjeta, va a terminar en la cárcel.
Mi papá me señaló la puerta.
—Basta. Tu hermana por fin logró algo y tú vienes a arruinarlo por envidia. Agarra tus cosas y vete.
Subí por una mochila, guardé mi laptop cifrada, mi ropa y salí mientras ellos abrían una botella de sidra barata para celebrar.
No lloré. Caminé hasta el parque, llamé a Alejandro Salvatierra y dije:
—La tarjeta fue robada por mi hermana.
Del otro lado hubo silencio.
—¿Quieres que intervenga la autoridad?
Miré hacia mi antigua casa, donde todos reían.
—No todavía. Active el Protocolo Ícaro.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…