*Mi hija embarazada descansaba en un ataúd, y su esposo entró a la iglesia riéndose.**
No sonriendo. Riéndose a carcajadas.
El sonido atravesó el himno como una hoja atraviesa la seda. Todas las cabezas se giraron. Los trajes negros se tensaron. Los lirios blancos temblaron en sus pedestales. Y allí estaba él: Evan Vale, mi yerno, con los zapatos de charol relucientes, el reloj de oro destellando, una mano apoyada en la cintura de la mujer que había destruido el matrimonio de mi hija.
Ella se llamaba Celeste.
Sus tacones repiquetearon contra el piso de la iglesia, agudos y despiadados, como un aplauso después de un crimen.
Yo permanecía junto al ataúd de mi hija, con las manos cruzadas frente a mí. Las ancianas del vecindario murmuraban oraciones tras sus guantes. Mi hermana me sujetaba del codo, pero yo no me movía.
Dentro del ataúd, mi hija Emma parecía de porcelana. Demasiado pálida. Demasiado quieta. Una mano descansaba sobre la curva de su vientre, donde mi nieto nonato había dejado de moverse con ella.
Los ojos de Evan se encontraron con los míos.
—Margaret —dijo cálidamente, como si nos reuniéramos en una celebración familiar—. Qué día tan terrible.
Celeste inclinó la cabeza, sus labios rojos brillando. Se acercó lo suficiente para que yo pudiera percibir su perfume.
—Parece que yo gano —murmuró.