Me giré hacia él.
—Si se rompe… se rompe —dije—. Para eso son las cosas.
Hice una pausa breve.
—Pero yo no me voy a volver a romper guardándome para otros.
Él bajó la mirada. Esta vez no la levantó de inmediato.
Y por primera vez desde que entró a la cocina…
no parecía enojado.
Parecía… pequeño.
Se quedó ahí, en silencio, mientras yo recogía lo demás. No dijo nada más. No hizo falta.
Cuando terminé, me quité el delantal y lo colgué en el mismo lugar de siempre.
La casa seguía siendo la misma.
La mesa.
Las paredes.
El olor del guiso aún flotando en el aire.
Pero ya no era igual.
Antes de salir de la cocina, lo escuché.
—Mamá…
Me detuve, pero no me giré de inmediato.
—¿Sí?
Hubo una pausa.
—¿Mañana… comemos otra vez en esos platos?
Cerré los ojos un segundo.
No por tristeza.
No por dolor.
Sino porque esa pregunta… aunque pequeña… no venía del mismo lugar que las otras.
Me giré despacio.
—Sí —respondí—. Mañana… y todos los días.
Él asintió.
Y esta vez… no había nada que corregir en su mirada.
Solo algo que, tal vez, recién empezaba a aprender.