PARTE 2
El silencio que siguió a la pregunta de Gael fue tan pesado que hasta Emiliano dejó de colorear.
Alejandro no apartó la mirada.
“No lo sabía”, respondió por fin. “Y sé que eso no arregla nada.”
Gael lo observó con una expresión dura, casi adulta.
“Mi mamá sí sabía quién eras.”
Cada palabra parecía elegida para no quebrarse.
“¿Y nunca te buscó?” preguntó Alejandro, con la garganta cerrada.
Gael negó lentamente.
“Decía que tu mundo era demasiado grande y nosotros demasiado pequeños.”
Emiliano se levantó del piso y abrazó a Gael por la cintura, como si quisiera protegerlo de una conversación que ni siquiera entendía del todo.
“Pues ahora ya lo encontramos”, dijo el niño, convencido.
Alejandro sintió una punzada en el pecho. Quería creer que la vida podía arreglarse con la simpleza de una frase así. Pero no.
A la mañana siguiente, el conflicto explotó.
Doña Teresa, la madre de Alejandro, llegó sin avisar a la casa de Las Lomas. Entró dando órdenes a las empleadas, como siempre, hasta que vio a Gael sentado en la cocina, con un plato de chilaquiles enfrente y una camisa limpia de Emiliano.
Se quedó inmóvil.
“¿Quién es ese niño?”
Alejandro se puso de pie.
“Se llama Gael.”
“Eso ya lo escuché. Pregunté quién es.”
Emiliano respondió antes que nadie.
“Mi hermano.”
Doña Teresa soltó una risa corta, seca, de esas que humillan más que un grito.
“No digas tonterías, Emiliano.”
Gael bajó la mirada de inmediato, como si ya conociera ese tipo de desprecio.
Alejandro dio un paso al frente.
“Puede ser mi hijo.”
Ahora sí, la expresión de Teresa cambió.
“¿Metiste a un niño de la calle a tu casa, con tu hijo, sin saber quién es?”
“Sí sé quién es”, dijo Alejandro. “O al menos sé de quién es hijo.”
“¿De esa muchacha?” preguntó Teresa, apretando la mandíbula. “¿De Valeria?”
Gael levantó la cabeza de golpe.
Alejandro la miró, sorprendido.
“¿Tú sabías?”
Teresa desvió los ojos apenas un segundo. Solo uno. Pero fue suficiente.
“Sabía que era un error desde el principio”, respondió.
Gael se puso de pie tan rápido que tiró la silla.
“Ya entendí”, murmuró. “No debí haber venido.”
Empezó a caminar hacia la salida, pero Emiliano corrió detrás de él llorando.
“¡No te vayas! ¡Te prometí mi cuarto!”
Alejandro alcanzó a Gael antes de que abriera la puerta.
“Nadie te va a correr.”
“Ya me corrieron muchas veces”, contestó el niño, sin voltearlo a ver. “Ya me sé ese final.”
Fue entonces cuando Gael abrió su mochila vieja para sacar sus pocas cosas. Entre una playera rota y un cuaderno arrugado, cayó una foto.
Alejandro la recogió con las manos temblando.
Era él. Más joven. Sonriendo en una feria de Coyoacán, abrazando a Valeria. Ella estaba embarazada. Él ni siquiera lo sabía.
Detrás de la foto había una frase escrita a mano:
Si algún día encuentras esto, es porque ya no pude seguir sola. Perdóname por no haberte buscado más. Perdóname por haberte dejado cargar con este silencio.
Alejandro sintió que algo se rompía dentro de él.
No había excusas. No había manera de esconderse detrás del tiempo.
Ese mismo día llevó a Gael a hacerse una prueba de ADN. Durante el trayecto, nadie habló. Emiliano iba abrazando la foto como si fuera un tesoro.
Horas después, cuando por fin sonó el teléfono del laboratorio, Alejandro contestó con la mano helada.
Escuchó unos segundos. Cerró los ojos. Y su rostro cambió por completo.
Gael lo miró fijo.
“¿Qué dijeron?”
Pero Alejandro tardó en responder.
Y la verdad completa tendría que esperar hasta la parte más dolorosa de todas.