—Vamos, Elena. Estás en casa todo el día. ¿Para qué necesita una ama de casa un coche de lujo?
Lo dijo en voz baja, casi burlona, como si estuviera explicando algo obvio a un niño descuidado. Marta, mi hija mayor, dejó lentamente la cuchara en su cuenco. Daniel me observó en silencio. Sentí un golpe agudo en el pecho—no ira, sino claridad.
Lucía había pasado años dependiendo de los demás. Primero, su madre cubrió el alquiler. Luego Javier la ayudó a abrir un salón de belleza, que cerró en menos de un año. Después vinieron las tarjetas de crédito, los préstamos "temporales", las llamadas nocturnas. Siempre había una excusa. Y siempre, detrás de todo, estaba mi marido solucionando sus problemas con dinero que no era del todo suyo.
"Dile que devuelva las llaves", le dije.
Javier soltó un suspiro.
—No montes un escándalo.
—No estoy haciendo nada. Dile que me traiga las llaves del coche.
"Eres increíble", soltó y añadió, "Ni siquiera ganas un sueldo, y aun así actúas como si mantuvieras a esta casa."
No respondí. Recogí la mesa, lavé la cara de Daniel y trencé el pelo de Marta para el colegio. Hice todo con una calma que incluso me sorprendió. Javier se fue media hora después, convencido de que había ganado otra discusión más por desgastarme.