“Es un reconocimiento bonito para Diego.”
“¿Quién lo pagó?”
Nadie respondió.
En ese momento, la doctora Montes llegó hasta nosotros con el sobre.
“Dra. Hernández”, dijo frente a todos.
Rubén abrió la boca.
Mi papá dejó de respirar.
La directora me entregó el sobre.
“Me alegra verla aquí. El consejo aprobó la corrección que usted solicitó hace años sobre el fondo de becas.”
Yo fruncí el ceño.
“¿Qué corrección?”
La doctora Montes miró a mi papá. Luego a mi mamá.
“Creo que necesitamos hablar en privado.”
Diego llegó detrás de ella, aún con su toga.
“¿Qué está pasando?”, preguntó.
La doctora abrió el sobre.
Adentro había una copia de un documento.
Mi nombre.
Mi dirección antigua en la Ciudad de México.
Y una firma que intentaba parecer mía.
Pero no era mía.
Era falsa.
PARTE 3: EL LEGADO VERDADERO
En la sala privada, nadie se sentó al principio.
La doctora Montes colocó el documento sobre la mesa. Junto a ella estaba Mariana Ruiz, encargada de donativos de la facultad.
“En 2021”, explicó Mariana, “se recibió una donación a nombre de la doctora Valeria Hernández para crear una beca destinada a estudiantes de primera generación en medicina.”
Sentí que el pecho se me cerraba.
Yo sí había donado dinero.