Pero no a través de mis padres.
Años antes, cuando recibí mi primer contrato grande en el hospital, empecé a mandar dinero a casa. Mi mamá decía que la ferretería estaba quebrando, que el techo tenía goteras, que las deudas los estaban ahogando.
Yo mandé ese dinero para ayudarlos.
Aunque mi papá me humillara.
Aunque nunca me felicitara.
Aunque fingiera que yo no era doctora.
Mariana continuó:
“Meses después, recibimos una solicitud para cambiar el nombre público del fondo a Premio Legado Médico de la Familia Hernández. La solicitud venía firmada por usted.”
“Yo jamás firmé eso”, dije.
Miré a mi papá.
“¿Fuiste tú?”
Arturo no contestó.
Diego dio un paso atrás.
“Papá…”
Mi mamá empezó a llorar.
“Valeria, no fue para hacerte daño.”
La miré lentamente.
“¿Tú sabías?”
Su silencio fue peor que cualquier confesión.
Mariana sacó otro papel.
“También tenemos correos enviados desde la cuenta de la señora Carmen. En ellos se adjuntó una copia antigua de la firma de la doctora Hernández.”
Sentí que algo dentro de mí se rompía sin ruido.
Mi papá había falsificado mi firma.
Mi mamá le había dado la tinta.
“Yo pensé que si el premio llevaba el apellido de la familia, tu papá por fin iba a sentirse orgulloso”, dijo ella entre lágrimas.
Me reí, pero no porque fuera gracioso.
“Entonces decidieron robarme hasta el orgullo.”
Mi papá golpeó la mesa.
“¡Yo no te robé nada! Tú ya tenías todo. Hospitales, títulos, gente hablándote como si fueras importante. Diego era lo único que nos quedaba.”
Diego levantó la mirada.
“Yo no soy tu consuelo, papá.”
El silencio fue brutal.
“Yo nunca quise competir con Valeria”, dijo mi hermano. “Yo quería ser como ella.”
Mi papá se quedó inmóvil, como si esas palabras le hubieran quitado el piso.
La doctora Montes habló con calma.