Como cuando uno pisa en falso en una escalera y el cuerpo reacciona antes de que la mente sepa qué pasó. Había 40 días desde que enterramos a mi papá. 40 días exactos porque yo los había contado, no de manera consciente, sino de esa manera en que el dolor lleva su propio calendario y uno lo sabe aunque no quiera saber. Contesté. La voz del otro lado era de un hombre mayor, pausada, con ese tono que tienen las personas que llevan décadas hablando de cosas importantes y que aprendieron a no apresurar lo que no debe apresurarse.
Me dijo que hablaba con la señorita Sofía Mireles Castillo. Le dije que sí. me dijo que era el licenciado Guadalupe Morales Vega, notario público número 38 de la ciudad de Monterrey, que lamentaba la pérdida de mi padre, que había un documento que requería mi presencia para su apertura, que era un asunto personal del señor Eduardo Mireles Fuentes, que él había depositado hacía tiempo con instrucciones específicas sobre cuándo y cómo debía entregarse. Le dije que cuándo. me dijo que cuando yo pudiera que no había prisa, pero que el documento llevaba esperándome un tiempo considerable y que él sentía que ya era hora.
Colgué. Me senté en el borde de la tina. El baño era pequeño, como todo en ese departamento de la colonia Cumbres, que rentaba desde hacía 6 años, con las paredes de azulejo blanco y el espejo que tenía una grieta diagonal en la esquina izquierda. que nunca había reparado, porque me había acostumbrado a verme partida en dos y ya no lo notaba. Me miré en ese espejo partido. Tenía el cabello revuelto de la mañana, los ojos con esa hinchazón que llevaban 40 días instalada y que ya no se quitaba con sueño, porque no era de sueño, sino de otra cosa.
Me pregunté qué podía haber depositado mi padre en esa notaría. La respuesta que más me dolía era nada importante, que era un error, que habían confundido mi nombre con el de alguien más, que mi papá, Eduardo Mireles Fuentes, que había muerto de infarto fulminante un miércoles de madrugada a los 63 años, no me había dejado nada en ninguna notaría, porque en la vida tampoco me había dejado mucho. Eso ya lo sabía yo. Con eso había aprendido a vivir y 40 días no eran suficientes para dejar de dolerme, pero sí para confirmarme que ya estaba acostumbrada.
Fui a la notaría al día siguiente. Mi nombre es Sofía Mireles Castillo. Tengo 38 años y soy diseñadora gráfica independiente con un estudio pequeño que trabajo desde el departamento de la colonia Cumbres en Monterrey con una computadora que ya necesita cambio y una silla ergonómica que compré en meses sin intereses cuando empecé a tener dolor de espalda a los 34 y que fue la mejor inversión que he hecho en mi vida adulta. Diseño e identidades visuales para negocios medianos, catálogos, materiales de campaña, páginas web en la parte que no requiere programación pesada.
Tengo clientes fijos y eventuales. Vivo sola desde los 23. Tengo una gata llamada Mínima que pesa 4 kg y que domina el departamento con la autoridad tranquila de alguien que sabe que el espacio es suyo. Nací en Monterrey. Mi mamá se llama Patricia Castillo Ibarra. Tiene 61 años. Trabaja como recepcionista en una clínica dental de la colonia Country desde hace 20 años. Mi mamá es una mujer de cabello teñido de castaño que renueva puntualmente cada seis semanas con una disciplina para la vida cotidiana que yo admiro aunque no haya podido heredar del todo.
Se levanta a las 5:30, hace sus ejercicios en la sala, desayuna, avena con fruta, sale a las 7, regresa a las 4. Así desde que tengo memoria. Mi mamá encontró en la rutina lo que otra gente busca en otras cosas. La sensación de que uno controla algo en una vida donde no todo se puede controlar. Mi padre, Eduardo Mireles Fuentes, era otra cosa completamente. Mi mamá lo conoció cuando tenía 24 años en una fiesta de cumpleaños de una amiga en común y lo que pasó entre ellos fue lo que a veces pasa entre personas que no deberían estar juntas, pero que tampoco pueden no estarlo.
intenso, breve, real mientras duró y consecuencias que ninguno de los dos había planeado. Mi mamá quedó embarazada. Eduardo tenía 29 años y una novia formal de apellido Garza, que en Monterrey es un apellido que pesa y que se convirtió en su esposa 8 meses después de que yo nací. No fue coincidencia. Fue el orden en que Eduardo Mireles decidió poner las cosas de su vida. No desapareció. Eso lo tengo que decir con honestidad. No fue uno de esos padres que se van y que no vuelven.
Eduardo estuvo, pero estuvo de una manera que yo tardé mucho tiempo en nombrar bien. Estuvo a medias. Venía a verme los sábados, cada dos semanas, a veces cada tres, con la puntualidad impredecible de alguien que cumple sin convicción. Llegaba al mediodía, me llevaba a comer a algún lugar del centro, me preguntaba por la escuela, me compraba algo pequeño, me dejaba en casa a las 5. El trayecto de vuelta a su otra vida lo hacía solo en su carro, que siempre fue Tsuru hasta los 50.
Y luego fue un sedán más moderno que nunca aprendí a identificar bien, porque para entonces yo ya no lo veía tan seguido. Tenía yo dos medios hermanos de la señora Garza. Los conocí cuando tenía 12 años en un evento que mi papá organizó con una torpeza que todavía me duele recordar. Nos reunió a los tres en una taquería de la avenida Constitución un sábado al mediodía. Fernando de 13 años y Alejandra de 10, y me dijo que ellos eran mis hermanos y que se esperaba que nos lleváramos bien.
Fernando me miró con la educación fría de quien cumple con lo que le piden, pero no con lo que no le piden. Alejandra me preguntó si tenía Nintendo. Le dije que no. Se perdió el interés inmediatamente. Eso fue el inicio y el final de mi relación con mis medios hermanos. Nos vimos en cuatro o cinco ocasiones más en los años siguientes, siempre por iniciativa de mi papá, siempre con esa incomodidad de los encuentros que nadie quiere tener, pero que alguien organiza con la esperanza de que querer la normalidad sea suficiente para crearla.
No es suficiente nunca. Aprendí eso a los 12. Mi papá me quería. Eso también lo tengo que decir porque lo creo, aunque me haya tardado mucho en creerlo. Me quería de la manera limitada y culpable en que quieren los hombres que eligieron otra vida, pero que no pudieron del todo cortar lo que quedó fuera de esa elección. Me quería con la incomodidad de alguien que sabe que te debe más de lo que te da y que no sabe cómo resolver esa deuda.
Entonces, prefiere no verla de frente. Me preguntaba por mis estudios, me mandaba dinero cuando podía, que no siempre era constante, pero que llegaba. Cuando me gradué del TEC de la carrera de diseño, vino a la ceremonia. Llegó tarde, encontró asiento al fondo. Después me felicitó en el estacionamiento con un abrazo que duró exactamente lo que él calculó que debía durar. Suficiente para que yo sintiera que había estado. No suficiente para que yo sintiera que estaba de verdad.
Así era Eduardo. En el punto medio de todo. Nunca del todo adentro, nunca del todo afuera. Lo último que hablé con él fue tres semanas antes de que muriera. Fue por teléfono, una llamada corta un domingo por la tarde. Me preguntó cómo estaba el trabajo. Le dije que bien, que andaba con varios clientes. Me dijo que qué bueno, que qué bueno que yo había resultado tan independiente, que eso era algo que él siempre había admirado de mí.
Fue raro que lo dijera así. con esa especificidad de algo que uno ha pensado mucho, pero que no ha dicho. Le pregunté que cómo estaba él. Me dijo que bien, que tantito cansado, pero bien, que me llamaba pronto. No me llamó. Tres semanas después me llamó mi mamá a las 4 de la madrugada para decirme que mi papá había muerto. Si te está atrapando esta historia, quiero pedirte algo desde el corazón. Si puedes darle un super thanks a este video, me ayudas a seguir contando historias como esta.
Cada aportación, por pequeña que sea, significa que puedo dedicarle más tiempo a estas narrativas que nos tocan a todos. Gracias de verdad. El infarto lo había dado a las 3 de la mañana. Estaba en casa con su esposa, la señora Garza, que así la llamé mentalmente toda mi vida y que así la voy a seguir llamando porque nunca encontré otra manera. La señora Garza lo encontró cuando fue a despertarlo para ir al baño y él ya no respondía.
La ambulancia llegó en 10 minutos para cuando llegó al hospital ya no había nada que hacer. Me enteré por mi mamá porque la señora Garza no tenía mi número o no lo tenía guardado o no quiso usarlo. Nunca supe cuál de las tres era la verdad. Mi mamá se enteró porque la llamó Fernando, mi medio hermano, que sí tenía el número de mi mamá, porque en algún momento mi papá le había dado los datos de las personas a las que debían avisar si algo pasaba, que en esa lista yo no estaba directamente, pero mi mamá sí, que era lo más cercano que el sistema de mi papá tenía para llegar a mí.
Fui al velorio. Llegué 2 horas después de que abrieran. La funeraria quedaba en la colonia San Jerónimo. De esas funerarias regiomontanas que son discretas y limpias y que tienen ese olor a flores de refrigerador y a madera barnizada, que es el olor estándar del duelo formal. Había mucha gente. Mi papá había tenido una vida social activa, socios del trabajo, amigos de toda la vida, gente del tecnológico donde había estudiado ingeniería industrial hacía 40 años. Yo no conocía a casi nadie.
La señora Garza estaba en la entrada recibiendo condolencias con Fernando a su lado. Alejandra estaba al fondo con su esposo y sus dos hijos. Me acerqué a la señora Garza. me extendió la mano con la cortesía exacta con que siempre me había tratado, ni fría ni cálida, en el punto medio, que era el único registro que conocía para mí. me dijo que gracias por venir. [música] Le dije que lo sentía mucho. Nos miramos un segundo. En ese segundo estaba toda la historia que ninguna de las dos había escogido y que las dos habíamos cargado de maneras distintas durante 38 años.
Me fui al fondo del salón. Me senté en una de las sillas de tapiz bordó junto a la pared. La caja estaba al frente de madera oscura con flores blancas encima. No me acerqué. No sé por qué. Quizás porque me daba miedo ver su cara y que fuera la misma cara de siempre, la del punto medio, la del nunca, del todo adentro, y no poder hacer nada con eso porque ya no habría nada que hacer. Mi mamá [música] llegó una hora después, se sentó junto a mí, no dijo nada por un rato, luego me tomó la mano.
Olía a su perfume de siempre, uno de almizclado suave que usa desde que tengo memoria. Y ese olor en ese lugar me hizo lo que a veces hace lo conocido cuando uno está en lo desconocido. [música] Me ancló. Me recordé quién era y dónde estaba, y que había llegado sola y que podía. Le pregunté en voz baja si ella había sabido algo, si mi papá le había dicho algo en las últimas semanas. me dijo que hacía meses que no hablaban, que el contacto había ido desapareciendo en los últimos años, [música] que la última vez que