habían hablado fue el año anterior, que él la había llamado para preguntarle cómo estaba yo, que cómo iban mis proyectos si estaba bien, que eso le había parecido raro en ese momento, pero que no le había preguntado más, que había llamado para preguntar por mí. Guardé eso. No supe qué hacer con eso todavía, pero lo guardé. El entierro fue al día siguiente. Fui. No me acerqué a la tumba mientras estaba la familia. Esperé a que se fueran.
Cuando se vaciaron los alrededores del panteón y quedé sola frente a la tierra removida y las flores ya marchitándose en el calor de Monterrey de septiembre, me acerqué. Me quedé parada un momento. Quería decirle algo, pero no encontré las palabras. Al final le dije lo único que era verdad, sin complicaciones, que ojalá hubiera habido más tiempo. No sé si era cierto, quizás con más tiempo hubiera sido igual, pero era lo que tenía en ese momento y era lo que le dije.
Me fui caminando por el sendero del panteón con el sol de las 11 de la mañana en la nuca y el ruido de la ciudad de Monterrey llegando por encima de los muros. esa ciudad que nunca se calla del todo ni en los entierros. 40 días después sonó el teléfono. La notaría 38 quedaba en la avenida Pino Suárez, en el centro de Monterrey, en un edificio de los años 60 con fachada de cantera gris y un elevador que funcionaba, pero que olía a encierro y que yo preferí no tomar.
subiendo las dos plantas de escalera con el sobre de mi identificación en la bolsa y la sensación de quien va a recibir algo que no sabe si quiere recibir. La recepcionista era una señorita de unos 25 años con el cabello recogido en un chongo apretado que me pidió mi nombre y me dijo que el licenciado Morales la esperaba. me hizo pasar por un pasillo con puertas de madera oscura a ambos lados y olor a papel impreso y café.
La última puerta del pasillo era la del licenciado Guadalupe Morales Vega. era un hombre de 70 y algo. Que eso era lo que decía su cara, aunque su postura fuera la de alguien que todavía no ha decidido ponerse viejo. Cabello completamente blanco peinado hacia atrás, lentes de armazón dorado, traje gris que había conocido mejores planchas, pero que mantenía dignidad. me indicó la silla frente a su escritorio. Me senté, me dijo que gracias por venir, que lo que tenía para mí era un documento que el señor Eduardo Mireles Fuentes había depositado en esa notaría con instrucciones
de entregarse a la señorita Sofía Mireles Castillo en un plazo no menor de 30 días después de su fallecimiento y no mayor de 90, que hoy era el día 41, que era dentro del plazo y que él había querido esperar a que pasara el periodo más inmediato del duelo antes de llamarme. [música] Le pregunté que cuándo había depositado mi papá ese documento. Me dijo que hacía 4 años. 4 años. Sacó de un cajón lateral un sobre grueso de papel craft cerrado con cinta adhesiva y con mi nombre escrito a mano en el centro con tinta azul.
La letra la reconocí aunque no había visto mucho de ella en mi vida. angular con las mayúsculas más grandes de lo necesario, de ingeniero que aprendió a escribir en tablero técnico y que nunca del todo soltó esa rigidez. La letra de mi papá me extendió el sobre, lo tomé. Era más pesado de lo que esperaba. El licenciado Morales me dijo que había también un asunto adicional que requería trámite separado, que me lo explicaría después de que leyera el documento si yo lo deseaba así, que me dejaba el tiempo que necesitara en esa oficina para hacerlo en privado si prefería.
Le dije que sí, que prefería así. Salió, cerró la puerta. Quedé sola con el sobre de papel craft con mi nombre en la letra angular de mi papá. Lo sostuve un momento sin abrirlo. Sentí el peso. Era el peso de hojas, varias hojas y de algo más adentro que tenía consistencia de plástico o de cartón delgado. Lo giré. No había más inscripción, solo mi nombre al frente y el sello de la notaría al reverso. Despegué la cinta adhesiva despacio con ese cuidado automático que uno pone en las cosas que no quiere romper.