Eso no borraba los sábados que no llegó, ni las Navidades en familia que no existieron, ni el abrazo de graduación que duró exactamente lo que él calculó. Nada lo borraba. Pero existía junto con todo eso. Y aprender a cargar las dos cosas al mismo tiempo era el trabajo que tenía por delante. Los días que siguieron a la visita a la notaría fueron de un tipo particular que no había vivido antes. No eran días de crisis ni de decisiones urgentes, eran días de procesar.
¿Qué es una de esas palabras que suenan simples y que cuando a uno le toca hacerlo descubre que son lo más lento y lo más físico que existe? Procesar se siente en el cuerpo, se siente en el sueño que no llega a la hora correcta, en el apetito que aparece y desaparece sin avisar, en las [música] ganas de llorar que se presentan en los momentos menos esperados, lavando el plato del desayuno, esperando el cambio [música] de luz en un semáforo de constitución, escuchando la radio sin poner atención.
Mínima. Mi gata de 4 kg pasó esos días durmiendo encima de mis piernas con más constancia que de costumbre. Los animales saben, no sé cómo ni qué saben exactamente, pero saben que algo en el ambiente cambió y que su trabajo es quedarse cerca. Mínima es una gata que en condiciones normales duerme sola en su cojín y solo se acerca cuando quiere comida o cuando quiere que le rasquen la cabeza detrás de las orejas. Esos días se quedaba encima de mí horas sin pedir nada, solo estaba.
Llamé a mi amiga Raquel el jueves de esa semana. Raquel Pedraza es mi amiga desde la universidad, diseñadora también, que trabaja en una agencia en el centro y que es el tipo de persona que uno puede llamar a las 10 de la noche para decirle que necesita hablar y que contesta sin hacer preguntas antes de escuchar. Le conté todo. Escuchó con la atención de quien sabe que su trabajo en ese momento es escuchar y no resolver. Cuando terminé, me preguntó cómo me sentía.
Le dije que confundida, que enojada todavía, que eso no había desaparecido, pero que también había algo que era diferente al enojo, algo que no tenía nombre todavía. me dijo que a veces la verdad no llega para resolver el dolor, sino para darle una forma diferente, que el dolor sin forma es el que más desorienta, que quizás lo que estaba sintiendo era el dolor encontrando su forma. Pensé en eso varios días. Fui a las oficinas de GNP la semana siguiente con mi identificación y los documentos que el licenciado Morales me había dicho que llevara.
El proceso de reclamación del seguro tardó 3 semanas desde la primera visita hasta el depósito en mi cuenta. tres semanas de formularios y de copias certificadas y de esperar resoluciones y de regresar con documentos adicionales que siempre faltaba alguno, que es cómo funcionan los procesos administrativos en México, que uno siempre termina haciendo dos viajes donde podría hacer uno. Pero funcionó. Al final del mes el depósito llegó 380,000 en mi cuenta de banco, puestos ahí por 20 años de pagos mensuales de un hombre que me quería desde la banqueta.
No lo gasté de inmediato, lo dejé estar. Necesitaba tiempo para saber qué hacer con eso que era más que dinero, aunque también fuera dinero. Si llevas tiempo viendo este canal y estas historias te acompañan, quiero pedirte que consideres suscribirte como miembro. Es una manera de decirme que estas narrativas valen tu tiempo y a mí me permite seguir produciéndolas con la calidad que se merecen. El botón de unirte está justo abajo. Y si ya eres miembro, gracias, de verdad, gracias, porque sin ustedes este canal no existiría como existe.
Lo que sí hice de inmediato fue volver al panteón. Fui un martes por la tarde, que era día entre semana. y que el panteón estaba casi vacío con solo un par de personas al fondo arreglando tumbas. La tumba de mi papá tenía todavía flores frescas que alguien había puesto ese mismo día o el anterior. Flores de color amarillo que no sé si era la señora Garza o Fernando o Alejandra o alguien más de su vida que yo no conocía.
Me paré frente a la lápida. [música] El nombre de mi papá, Eduardo Mireles Fuentes. Las fechas, nada más, porque así son las lápidas, que dicen los nombres y los números y dejan el resto para quien se para frente a ellas. Le dije en voz baja que había leído la carta, que había ido a la notaría y que el licenciado Morales había sido amable, que la foto la tenía en el buró de mi cuarto, en el mismo plástico en que la había sacado del sobre junto a mi lámpara, que todavía estaba enojada con él por algunos
años específicos, pero que ese enojo ya tenía una forma diferente, porque ahora entendía más de dónde venía lo que había pasado. Aunque entender no fuera lo mismo que aceptar, que iba a necesitar tiempo para saber dónde poner todo esto, le dije también que no sabía si era suficiente la carta y el seguro y la foto, que a veces pensaba que no lo era y que a veces pensaba que era lo más honesto que alguien podía hacer cuando ya no le quedaba más tiempo y más valor del que había tenido.
No hubo respuesta. Claro que no la hubo, pero decirlo en voz alta en ese lugar, con el sol de la tarde de Monterrey dorando los mármoles de las tumbas cercanas y el olor a flores cortadas que tienen los panteones, aunque no haya viento, fue lo que necesitaba hacer ese día. Me fui caminando despacio por el sendero, igual que el día del entierro, pero esa tarde caminé diferente, no más ligero, exactamente, diferente, como cuando uno lleva algo en las manos durante mucho tiempo y aprende a cargarlo de otra manera.