Mi Papá Murió Sin Dejarme Nada… Pero El Notario Me Llamó 40 Días Después Con Una Verdad…

No desaparece el peso, pero los brazos aprenden la postura correcta. El mes siguiente fue el mes más extraño de ese año. Extraño porque era la primera vez en 38 años que yo tenía información sobre mi papá que reordenaba la narrativa completa que había construido sobre nosotros dos, que no era una narrativa de abandono, sino de cobardía, que es diferente. El abandono es una decisión activa de irse. La cobardía es quedarse en el margen sin poder entrar ni poder irse del todo.

Que duela de manera diferente no significa que duela menos, pero la forma importa. La forma cambia lo que uno hace con el dolor. Empecé a darme cuenta de cosas que había visto en la infancia con un lente y que ahora veía con otro. El sábado que llegó 2 horas tarde y me trajo un pastelillo de la panadería, la gran vía de Constitución, el de crema de fresa que yo pedía siempre, que estaba tibio todavía cuando lo abrí porque acababa de comprarlo.

Había creído siempre que había llegado tarde y que el pastelillo era compensa. Ahora pensé que quizás había llegado tarde porque no podía llegar temprano, porque llegar temprano significaba más tiempo en mi vida. [música] y más tiempo en mi vida significaba más verdad que decir y más deuda que ver, y que el pastelillo no era compensa, sino simplemente lo que le gustaba traerme. La vez que fui a verlo al trabajo cuando tenía 14 años, porque mi mamá me mandó a llevarle unos documentos firmados y yo llegué sin avisar y lo encontré en su oficina de la

empresa donde era, supervisor de planta y él me presentó a sus colegas, a todos con nombre completo Sofía Mireles Castillo, mi hija, y que yo en ese momento lo había registrado como algo raro porque nunca lo hacía frente a gente de su trabajo y que luego lo había olvidado, porque así olvidamos las cosas que no sabemos cómo procesar cuando somos jóvenes. Ahora lo recordé, Sofía Mireles Castillo, mi hija, frente a sus colegas, sin titubiar. Los sábados que venía y que me preguntaba por la escuela con esa pregunta genérica de padre que no sabe preguntar mejor, ¿y cómo vas en la escuela?

que yo siempre respondía bien, que todo bien, porque esa era la respuesta que hacía que la visita transcurriera intención, que ninguno de los dos había sabido cómo ir más hondo, porque los dos teníamos miedo de lo que había al fondo, él de lo que tendría que reconocer, yo de lo que no quería ver, porque verlo me obligaría a querer más y querer más me haría perder más. Los niños aprenden a protegerse del dolor de maneras que los adultos ya no reconocen, pero que el cuerpo guarda.

Yo había aprendido a querer a mi papá con medida, a no esperar demasiado para no perder demasiado. Eso había funcionado durante 30 y pico años como estrategia de supervivencia emocional. El problema es que las estrategias de supervivencia que uno aprende cuando es chico a veces se quedan más tiempo del que se necesitan. Se quedan incluso cuando ya no hay peligro real. se quedan como hábito. La carta de mi papá había roto ese hábito, no limpiamente, no de un golpe.

Lo había roto de la manera en que se rompen los hábitos largos, con resistencia, con recaída, con momentos en que uno vuelve al lugar conocido, aunque ya sepa que el lugar conocido no es el correcto. Hubo noches en que me enojé con él de nuevo, como si no hubiera leído la carta. Noches en que pensé que cinco hojas escritas 4 años antes de morir no compensaban los 34 años anteriores y que yo tenía derecho a ese enojo y que nadie me lo quitaba.

Y era verdad, tenía derecho. Lo que fui aprendiendo en esas semanas es que tener derecho al enojo y cargar el enojo para siempre son dos cosas distintas y que una no obliga a la otra. Raquel me mandó un mensaje a las dos semanas de la visita a la notaría preguntando cómo estaba. Le dije que procesando [música] me dijo que si quería hablar o salir a comer que avisara. Le dije que el miércoles fuimos a comer al mercado Juárez, que es donde a las 2 de la tarde uno puede comer aguachile de camarón y enchiladas suizas en la misma visita y que eso tiene su propio tipo de lógica regiomontana que no necesita explicación.

Le conté más de la carta. Le conté de los recuerdos que había ido releyendo. Raquel me escuchó comiendo sin apurar ninguna de las dos cosas, ni la comida ni la conversación. Me preguntó que iba a hacer con el dinero del seguro. Le dije que no sabía todavía. Me preguntó que qué habría querido mi papá que hiciera con él. Me quedé callada un momento. Era una pregunta que no había pensado así desde ese ángulo, que era el ángulo de él y no el mío.

Le dije que no lo sabía con certeza. Raquel dijo que a veces la mejor manera de honrar a alguien que no pudo estar presente de la manera que debía es usar lo que dejó para construir algo que ellos hubieran querido ver. Me quedé con eso. El primer acto concreto fue más pequeño de lo que uno esperaría. Fue comprarle flores a la tumba de mi papá. No porque no le hubiera puesto flores antes, que le había puesto en el entierro y en el día de muertos que cayó unas semanas después, sino por la manera en que lo hice esa vez.

Fui a la florería de doña Esperanza, que quedaba en el mercado Juárez, a la que iba desde chica con mi mamá, y le pedí flores de Sempazuchil y gladiolas blancas, que son las que a mi mamá le gustaban y que yo había visto toda mi vida en los altares de la familia. La señora Esperanza, que tiene 70 y tantos y que me conocía de siempre, aunque no siempre nos veíamos, me preguntó para quién eran. Le dije que para mi papá.

me miró, me preguntó que cuándo había muerto. Le dije que en septiembre me dijo que lo sentía. Me preguntó que cómo se llamaba. Le dije que Eduardo me dijo que Eduardo era nombre de persona buena, que los Eduardos que ella había conocido en la vida siempre habían sido buena gente. No le dije que no era tan simple, solo le dije que sí, que era una persona que a su manera había sido buena persona. Puse las flores. Me quedé un momento más que las otras veces.

Le dije que iba a usar el dinero del seguro para algo que se sostuviera, que todavía no sabía exactamente qué, pero que lo iba a usar bien, que eso era lo que podía prometerle. No sé si era demasiado tarde como él había temido. No lo sé todavía, pero sé que no era sin sentido, que era lo contrario de sin sentido, que lo que él había hecho durante 20 años de pagos mensuales y una foto guardada [música] en un sobre y cinco hojas escritas a mano tenía sentido, aunque él no hubiera podido ver qué sentido tenía cuando lo hacía.