La advertencia en el hospital
Fuimos al Hospital General de México un martes por la mañana. Mariana iba impecable, con lentes oscuros, perfume suave y el celular siempre en la mano. Yo estaba nervioso, pero contento. Pensaba que, después de esos análisis, todo quedaría listo para la boda.
Nos atendió una enfermera llamada Lucía Rivas. Tenía unos treinta y tantos años, mirada cansada y un tono seco, de esos que no invitan a conversar. Revisó nuestros papeles, nos envió a extracción de sangre y luego nos pidió esperar.
Entonces sonó el celular de Mariana. Al ver la pantalla, su expresión cambió apenas un segundo.
“Es mi mamá”, dijo rápido. “Ahorita regreso.”
La vi salir al pasillo. Sus tacones se alejaron hasta que el sonido se perdió. Fue justo entonces cuando la enfermera se acercó a mí. Ya no tenía la misma calma profesional; ahora parecía tensa, casi alarmada.
“Escúcheme bien”, murmuró. “No firme nada, no dé dinero y cancele esa boda hoy mismo.”
Sentí un vacío en el estómago. Intenté responder, pero ella me interrumpió y deslizó algo pequeño dentro del bolsillo de mi camisa.
“Revíselo cuando esté solo. Y no permita que ella lo vea.”
Mariana regresó enseguida, sonriendo como si nada hubiera pasado. Lucía se enderezó al instante, adoptando otra vez su postura de enfermera eficiente.
“Sus resultados estarán mañana por la tarde”, dijo con frialdad.