PARTE 1
“Mi sobrina no debía salir del hospital para terminar descalza en la calle, con su bebé recién nacido pegado al pecho como si se lo fueran a arrancar.”
El 27 de diciembre, a cinco grados bajo cero en Chihuahua, yo iba manejando rumbo al hospital privado donde me entregarían a mi sobrino nieto con flores, regalos y un portabebé carísimo que compré porque juré que ese niño no iba a estrenar la vida con nada barato.
Mi sobrina Elena acababa de dar a luz a un niño precioso. Le puso Mateo, como mi padre. Yo iba contento. Hacía años que no me sentía tan feliz.
Hasta que la vi.
Estaba sentada en una banca afuera de urgencias, con bata de hospital, un abrigo viejo encima y los pies completamente desnudos. Tenía el cabello mojado por la nieve, los labios morados y los brazos apretados alrededor del bebé como si soltarlo significara morir.
Frené tan fuerte que casi dejo el coche abierto.
“Elena.”
Levantó la cara despacio. Sus ojos no eran de cansancio. Eran de puro terror.
Intentó ponerse de pie, pero se le doblaron las piernas. Corrí hacia ella, me quité el abrigo y se lo puse encima mientras la cargaba casi a la fuerza con todo y el niño. Su cuerpo estaba helado. No frío. Helado.
La metí al asiento trasero de mi camioneta, encendí la calefacción al máximo y le envolví los pies con mi suéter. Ella no dejaba de temblar.
“Tío Pancho… revisa a Mateo… por favor…”
Destapé un poco la cobija. El bebé respiraba, dormido, tibio, ajeno al infierno que su madre acababa de vivir.
“Está bien, mi niña. Está respirando. Está bien.”
Ella sacó el celular de la bolsa de la bata y me lo puso en la mano. Ya tenía abierto un mensaje.
Leí:
El depa ya es de mi mamá. Tus cosas están en la banqueta. Ni se te ocurra pelear pensión, en nómina gano el mínimo. Feliz Año Nuevo.
Lo leí una vez. Luego otra.
“¿Qué significa esto?”
Y entonces me contó.
Mauricio, su marido, debía recogerla a las diez de la mañana. A las nueve y cuarto le mandó un mensaje diciendo que estaba “atorado” en el trabajo y que ya le había pedido un Uber para regresarse al departamento. Elena, todavía adolorida del parto, bajó con Mateo en brazos creyendo que al menos la esperaría en casa.
Pero cuando llegó al edificio, vio bolsas negras en la banqueta.
Su ropa. Sus libros. Fotos rotas. Su maquillaje. Su bufanda. Hasta una taza que yo le regalé en la universidad, partida en dos sobre la nieve.
La vecina, doña Lupita, salió corriendo con un abrigo viejo y le dijo, casi susurrando, que horas antes había llegado Beatriz, la mamá de Mauricio, gritando que Elena era una aprovechada y que las cerraduras ya habían sido cambiadas.
“Pero el departamento era mío, tío… tú me lo diste a mí…”
Volvió al hospital en taxi, pensando que al menos la dejarían esperar dentro, pero el guardia le dijo que ya estaba dada de alta y que no podía entrar. Así que se quedó afuera, en la banca, abrazando a su hijo y esperando un milagro.
Yo no grité. No hice escándalo. Solo sentí algo muy viejo endurecerse dentro de mí.
Saqué el celular y marqué un número que no usaba desde hacía años.
“Licenciado Arturo Vela, habla Francisco Salgado. Necesito que me cobre un favor. Hoy.”
No tenían idea de a quién acababan de tocar.