“¿Necesitas atención médica?”
Mariana miró a Rodrigo. Él le devolvió una mirada fría, de amenaza.
Por un segundo pensé que mi hija volvería a callar.
Pero respiró hondo.
“Mi esposo me golpeó”, dijo. “Y no fue la primera vez.”
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
“Está exagerando. Mariana siempre hace drama.”
“No hago drama”, contestó ella, con la voz quebrada. “Tengo fotos. Mensajes. Grabaciones. Vivo con miedo todos los días.”
El silencio que siguió pesó más que cualquier grito.
Claudia me llevó aparte.
“¿Por qué dijiste que había algo más?”
Señalé la camioneta nueva, el reloj de Bruno, la ropa cara, la forma en que reaccionaron cuando Rodrigo hizo esa llamada.
“Rodrigo dice que trabaja en ‘asesoría de seguros’. Bruno asegura que vende autos usados. Pero su estilo de vida no cuadra.”
Claudia frunció el ceño.
“¿Fraude?”
“Tal vez organizado. Y quizá Mariana sabe más de lo que cree.”
En ese momento entró un hombre de traje oscuro.
“Soy Miguel Ortega”, dijo, sin saludar a nadie. Miró directo a Rodrigo y soltó: “No digas ni una palabra.”
Claudia sonrió apenas.
“Qué rápido llegó su abogado. Casi parece que ya estaba esperando la llamada.”
La policía llegó poco después. Tomaron declaraciones. Fotografiaron las lesiones de Mariana. Rodrigo fue detenido por agresión.
Cuando pasó junto a ella, le susurró:
“Te vas a arrepentir.”
El policía lo escuchó y agregó intimidación a los cargos.
Bruno intentó irse, pero Claudia se puso frente a él.
“Yo que tú me quedaba cerca”, le dijo en voz baja. “La noche apenas empieza.”
Más tarde encontré a Mariana en su antiguo cuarto, abrazando una almohada como cuando era niña.
“Perdón, papá”, lloró. “Pensé que si hablaba nadie me iba a creer.”
“Perdóname tú a mí”, le dije. “Yo debí haberlo visto antes.”