—¿Se llama Capitán?
Don Tomás asintió y acarició la cabecita del perro.
—Me lo encontré una madrugada, metido debajo de una banca, temblando de frío. Era tan chiquito que pensé que no llegaba a la mañana. Lo envolví con un trapo, me lo llevé a mi cuarto… y desde ese día ya no quiso separarse de mí.
Sonrió apenas.
—O quizá fui yo el que ya no quiso separarse de él.
La joven sintió los ojos húmedos.
—¿Y no tiene familia?
La pregunta salió sin maldad, pero el silencio que dejó fue pesado.
Don Tomás tardó varios segundos en responder.
—Tenía.
Nada más.
Solo una palabra.
Pero fue suficiente para que doliera.
La señora de la tienda, que seguía cerca, suspiró desde la puerta.
—A este hombre la vida ya le cobró demasiado.
Don Tomás bajó la cabeza, incómodo.
La chica no insistió.
Pagó la escoba, pero le dio mucho más dinero del precio.
El viejo quiso devolvérselo de inmediato.

—No, no, señorita. Yo no pido limosna.
—No es limosna —dijo ella con rapidez, tragándose el nudo en la garganta—. Es por el video.
Él frunció el ceño.
—¿Qué video?
Ella le mostró la pantalla del teléfono.
Se vio a sí mismo empujando el triciclo, a Capitán ladrando como si anunciara las escobas, a la gente volteando, sonriendo. Lo observó en silencio, sin saber qué decir.
Capitán movió la cola al escuchar sus propios ladridos.
Por primera vez en varios minutos, don Tomás soltó una risa verdadera.