La chica acercó un poco más el celular, conteniendo la respiración.
El hombre no sabía que lo estaban grabando.
Miraba al perrito como si estuviera hablando con una persona.
—Primero tú, Capitán… tú te lo ganaste —murmuró, con esa voz gastada que solo tienen quienes llevan demasiados años peleando solos.
El animal movió la cola, pero no se abalanzó sobre el pan.
Esperó.

Esperó hasta que el señor diera el primer bocado.
Solo entonces tomó el suyo con cuidado, despacio, como si también supiera que aquello era lo único que tenían para engañar el hambre.
La muchacha sintió un nudo en la garganta.
Ya no estaba grabando algo curioso.
Estaba grabando una vida que dolía.
El señor se limpió la boca con el dorso de la mano, acarició la cabeza del perrito y volvió a empujar el triciclo. La rueda derecha rechinó con un sonido seco. Aun así siguió.
—Ándale, socio… todavía falta la colonia del mercado.
Capitán soltó dos ladridos cortos, casi como una respuesta.
La chica, sin pensarlo demasiado, guardó el celular y empezó a seguirlos a unos pasos de distancia.
Quería saber más.
No por morbo.