Por algo que no sabía explicar.
Los vio entrar a calles cada vez más estrechas, lejos de los locales bonitos y de la gente apurada. Ahí el asfalto estaba roto, las fachadas despintadas y el aire olía a polvo caliente y comida frita barata.
Aun así, el señor seguía ofreciendo sus productos con una dignidad intacta.
—¡Escobas, trapeadores, jaladores!
Y Capitán, desde adelante, ladraba con tanta energía que algunas puertas se abrían solo para verlos pasar.
Una señora mayor salió de una tienda y los detuvo.

—Oiga, don Tomás, hoy viene más cansado que de costumbre.
La chica se quedó quieta al escuchar el nombre.
Don Tomás sonrió, pero fue una sonrisa breve.
—Es que anoche casi no dormimos.
—¿Y ahora qué pasó?
El hombre bajó la mirada.
—Nada, nomás… los dolores.
La mujer entendió algo de inmediato. Miró al perrito. Luego volvió a mirarlo a él.
—¿No lo ha llevado otra vez con el veterinario?
Don Tomás apretó la mandíbula.
—Quiero. Pero primero hay que vender.
La chica sintió un frío raro en el pecho.
El perrito no estaba solo “trabajando”.
Estaba enfermo.

Capitán seguía erguido en su sitio, atento, valiente, ladrando cada vez que el hombre alzaba la voz. Pero ahora, al mirarlo mejor, la joven notó detalles que antes no había visto: el pelaje opaco, una respiración un poco acelerada, una ligera rigidez en las patas delanteras.
Aun así, seguía ahí.
Firme.
Como si su única misión fuera no dejar solo a don Tomás.
La muchacha se acercó por fin.
—Disculpe…
El hombre volteó con cautela, como quien ya está acostumbrado a que lo miren con desconfianza.
—¿Sí, señorita?
Ella levantó una escoba solo para tener una excusa.
—Quiero comprarle esto.
Don Tomás se la entregó con manos temblorosas, pero educadas.
—Gracias. Le va a salir buena, se lo juro.

—¿Y él… siempre viene con usted?
Los ojos del hombre cambiaron.
Ya no eran los de un vendedor.
Eran los de alguien al que acababan de tocarle el único pedazo tierno que le quedaba en la vida.
—Siempre —respondió—. Desde hace seis años.
La chica bajó la voz.