“No me puedo sentar, maestro”, susurró una niña de 6 años. El oscuro secreto que la escuela intentó enterrar para proteger a un monstruo.

PARTE 1

El reloj marcaba exactamente las 8 de la mañana en la Escuela Primaria Niños Héroes, ubicada en el corazón de 1 colonia popular en Ecatepec, Estado de México. Afuera, el ruido era el de todos los días: las combis pitando en la avenida, las mamás comprando tamales de verde en el puesto de la esquina y los vendedores ofreciendo chicharrones en la reja. Pero adentro del salón de primer grado, el maestro Adrián sentía que el tiempo se había detenido.

Frente a la puerta estaba Ximena. Tenía 6 años, llevaba el uniforme deportivo impecable y el cabello recogido en 2 trenzas perfectas. Sin embargo, Ximena no corrió hacia su lugar. No sacó sus colores, ni saludó a sus 3 mejores amigas. Se quedó congelada junto al pizarrón, con la mirada clavada en el piso de cemento y las manos temblando.

Adrián dejó los 25 cuadernos que estaba revisando sobre su escritorio. Caminó despacio hacia ella, bajando a su altura.

“¿Qué pasa, Xime? ¿Te duele la pancita?”, preguntó con el tono más suave que encontró.

La niña de 6 años negó con la cabeza muy despacio. Suspiró profundamente y, con 1 hilo de voz que apenas se escuchaba sobre el ruido del patio, susurró:

“No me puedo sentar, maestro… me duele mucho aquí abajo. Pero mi mamá me dijo que no le dijera a nadie.”

El salón entero desapareció para Adrián. Los 30 niños gritando y jugando se volvieron invisibles. Sintió 1 nudo helado en el estómago.

“No te tienes que sentar, mi niña,” le dijo, tragando saliva para que no se notara su terror. “Te puedes quedar de pie en la zona de lectura. Nadie te va a regañar.”

Pasaron solo 10 minutos antes de que Adrián entrara a la oficina de la directora. La maestra Leticia estaba sentada detrás de su escritorio de caoba, contando los billetes de la reciente kermés. Al escuchar a Adrián, Leticia ni siquiera parpadeó.

“Maestro, no haga 1 tormenta en 1 vaso de agua,” dijo Leticia con frialdad, guardando el dinero en 1 cajón. “Esa niña es muy dramática. Además, su padrastro, el señor Ramiro, acaba de donar 20000 pesos para arreglar el techo de la cancha. Esta escuela tiene 1 reputación que cuidar. Si usted hace 1 escándalo, los padres de familia se nos van a echar encima. Vuelva a su salón y olvídese del tema.”

A la 1 de la tarde, sonó la campana de salida. Adrián observó a Ximena caminar hacia el portón. Afuera la esperaba 1 camioneta negra de lujo, con los vidrios polarizados. Recargado en la puerta estaba Ramiro, 1 hombre corpulento, con botas vaqueras y 1 cinturón grueso.

“¡Pásale rápido, escuincla, que no tengo tu tiempo!”, le gritó el hombre.

Ximena encogió los hombros y subió a la camioneta en silencio. Adrián no lo soportó y dio 3 pasos hacia la calle.

“¿Señor Ramiro? Soy el maestro de Ximena. Me gustaría hablar con usted sobre su comportamiento,” dijo Adrián, firme.

El hombre se acomodó el sombrero, lo miró de arriba abajo y soltó 1 risa burlona.

“Usted dedíquese a enseñarle a sumar, maestro de quinta. De lo que pasa de las puertas de mi casa para adentro, usted no se mete. Porque si se mete, le va a ir muy mal.”

La camioneta arrancó dejando 1 nube de polvo. Adrián regresó al salón vacío. Caminó hacia el pupitre de Ximena y encontró 1 hoja de papel arrugada. Al desdoblarla, el corazón se le paralizó. Era 1 dibujo trazado con crayón negro: 1 silla enorme en el centro, cubierta por 100 rayones rojos que parecían sangre, y 1 monstruo con botas vigilando desde 1 esquina.

Adrián guardó el dibujo en su mochila. Sabía que su vida corría peligro, sabía que la directora lo iba a destruir, pero también sabía que Ximena estaba viviendo en el infierno. Tomó su celular y marcó 1 número de emergencia. Porque nadie, absolutamente nadie, podía imaginar la aterradora pesadilla que estaba a punto de desatarse…

PARTE 2

El martes por la mañana, Adrián no alcanzó a dar ni 1 sola clase. A las 8 con 15 minutos, la secretaria de la escuela le entregó 1 sobre manila. Adentro había 1 oficio firmado por la directora Leticia: 1 suspensión administrativa de 15 días, sin goce de sueldo, por “alterar el orden y difamar a padres de familia”.

Mientras recogía sus cosas en cajas de cartón, la puerta del salón se cerró de golpe. Era Doña Carmelita, la señora que llevaba 20 años haciendo la limpieza en la escuela. Tenía los ojos llenos de lágrimas y miraba hacia el pasillo con terror.

“Maestro Adrián, tiene que irse, pero escúcheme bien,” susurró la mujer de 65 años, apretando el trapo en sus manos. “La directora Leticia y ese hombre, Don Ramiro, son amantes. Llevan 2 años robándose el dinero de la cooperativa y de las cuotas. La pobre mamá de Ximena está secuestrada en su propia casa. Ramiro es compadre de la policía municipal. Si usted va al DIF de aquí, le van a avisar a él antes de que la patrulla arranque. Por favor, cuídese.”

El mundo se le vino encima a Adrián. No solo se trataba de 1 escuela cuidando su imagen, sino de 1 red de corrupción que estaba usando el dolor de 1 niña de 6 años como escudo. Salió de la escuela con la caja en las manos, sintiendo las miradas clavadas en su espalda.

Esa misma noche, el reloj de la cocina marcaba las 11 cuando su celular vibró. Era 1 número desconocido.

“¿Bueno?”, contestó Adrián.

“Maestro… ayúdenos,” se escuchó 1 voz quebrada del otro lado. Era la mamá de Ximena. Lloraba tan fuerte que apenas podía respirar. “Ramiro se enteró de que usted preguntó por la niña. Está furioso. Nos encerró en el cuarto de atrás. Me golpeó… y dice que en 1 hora va a regresar para darle 1 lección a Ximena por chismosa. No puedo salir, maestro. ¡Ayúdeme, por favor!”