Decenas de millones de pesos habían sido desviados por Alejandro hacia tres empresas fantasma registradas a nombre del hermano y de la madre de Camila. También había robado el diseño de mi anillo para regalárselo a su amante.
Guardé todo.
La discusión de aquella tarde había quedado registrada en el audio de mi reloj. Además, recuperé videos de una cámara oculta instalada desde hacía meses en la oficina principal. Las pruebas eran suficientes: adulterio, fraude corporativo, desvío de recursos y una red de empresas fantasma para vaciar el patrimonio del grupo.
Llamé al licenciado Ramiro Salas, amigo de toda la vida de mi padre, y nos reunimos en una antigua casa de té en San Pedro Garza García. Cuando terminó de revisar los documentos, golpeó la mesa con furia.
Esa misma noche preparamos la demanda de divorcio, la auditoría interna y la denuncia penal.
A la mañana siguiente me vestí con un traje sastre rojo, impecable y poderoso, y entré a la empresa con mi verdadera identidad.
En el comedor corporativo, Camila estaba sentada en el área VIP, presumiendo un termo grabado con el nombre de Alejandro, como si ya fuera la señora de la casa.
Yo me acerqué sin prisa.
Tomé el termo.
Y bebí un trago.
Camila lanzó un alarido histérico y corrió hacia mí. Me golpeó la mano y trató de abofetearme otra vez. Los platos cayeron al suelo y el estruendo hizo que todo el comedor quedara mudo.
Alejandro llegó corriendo.
Tenía el rostro descompuesto.
Me vio… y su expresión se llenó de un terror absoluto.
Pero Camila, necia y arrogante, siguió insultándome sin entender nada.
Entonces levanté la cabeza y, con voz firme, dije:
—Claro que puedo tomarlo. Después de todo, esta empresa, ese despacho… y hasta el puesto que ustedes creen gobernar, me pertenecen a mí. Mi nombre es Valeria Monteverde, presidenta y accionista mayoritaria de este grupo. Y tú… acabas de agredir a la dueña delante de todos.
—Claro que puedo tomarlo —repetí, mirando directamente a Camila—. Porque este termo, esta empresa y todo lo que ves aquí… me pertenecen a mí. Soy Valeria Monteverde, hija del fundador, presidenta del consejo y accionista mayoritaria de Grupo Monteverde.
El silencio que siguió fue tan denso que hasta el sonido del aire acondicionado parecía un trueno.
Camila parpadeó, confundida.
Luego soltó una carcajada nerviosa.
—¿Tú? ¿La dueña? No me hagas reír…
Pero su voz ya no sonaba firme.
Alejandro, en cambio, estaba completamente pálido.
—Valeria… yo puedo explicarlo…
Giré la cabeza lentamente hacia él.
—No. Tú ya hablaste suficiente ayer. Yo escuché cada palabra.
Saqué mi teléfono, toqué la pantalla y, en cuestión de segundos, el audio comenzó a sonar por los altavoces del comedor.
La voz melosa de Camila llenó el lugar:
—Tu esposa no sirve para nada. Una mujer como ella solo estorba…
Después vino la risa de Alejandro.
Luego su propia voz, fría, cruel, irreconocible para cualquiera que alguna vez hubiera creído en él:
—La soporté tres años solo porque era la hija del fundador. Pero pronto la voy a sacar del camino. Entonces tú tendrás el lugar que mereces.
Un murmullo recorrió el comedor.
Algunos empleados abrieron los ojos con horror. Otros voltearon a ver a Alejandro como si de pronto hubieran descubierto que el hombre al que obedecían todos los días era un desconocido.
Camila dio un paso atrás.
—Eso… eso está sacado de contexto…
—¿De contexto? —pregunté con calma.
Entonces levanté la mano.
Las puertas del comedor se abrieron de golpe.
Entraron tres personas: el licenciado Ramiro Salas, dos auditores externos… y detrás de ellos, cuatro agentes de la policía de investigación.
El rostro de Alejandro se desmoronó.
—Valeria, por favor, no hagas esto aquí…
—¿Aquí no? —sonreí apenas—. Curioso. Ayer tampoco te importó humillarme aquí.
Ramiro avanzó, abrió una carpeta y habló con voz firme:
—Señor Alejandro Fuentes, por instrucción del consejo extraordinario convocado esta madrugada, queda usted suspendido de todas sus funciones ejecutivas. Además, existe una denuncia formal por fraude corporativo, desvío de recursos, abuso de confianza y uso de empresas fantasma para la extracción ilegal de fondos del grupo.
Camila comenzó a temblar.
—No… no… esto debe ser un error…
Ramiro ni siquiera la miró.
—Y usted, señorita Camila Rivas, queda incluida en la investigación por complicidad, agresión física dentro de instalaciones corporativas y posible participación en operaciones financieras irregulares mediante familiares directos.
Camila giró hacia Alejandro como si esperara que él la salvara.
—¡Diles algo! ¡Tú dijiste que todo estaba cubierto! ¡Tú dijiste que ella era una estúpida que no sabía nada!
Fue como ver cómo una cuerda se rompía.
Los ojos de todos pasaron de Camila a Alejandro.
Y Alejandro entendió, demasiado tarde, que la mujer por la que había traicionado su vida acababa de enterrarlo con sus propias manos.
—¡Cállate! —gritó él.
—¿Que me calle? —chilló Camila, fuera de sí—. ¡Me prometiste matrimonio! ¡Me prometiste la presidencia cuando te deshicieras de ella! ¡Hasta me dijiste que los documentos viejos del fundador ya estaban destruidos!
Aquella frase lo cambió todo.
Sentí que mi espalda se endurecía.
—¿Qué documentos? —pregunté.
Alejandro se quedó inmóvil.
Camila se llevó una mano a la boca, como si acabara de darse cuenta de lo que había dicho.
Yo avancé un paso.
—Contesta.
Él tragó saliva.
—Valeria… escucha… tu padre… antes de morir… dejó algunos papeles, pero ya no tenían validez…
—Contesta bien.
Ramiro levantó la vista de golpe.
—¿De qué papeles está hablando?
Alejandro bajó los ojos.
Y entonces, por primera vez desde que todo había empezado, vi algo real en él.
Miedo.
No el miedo de perder dinero.
No el miedo de perder el cargo.
Sino el miedo de que saliera a la luz algo mucho peor.
Yo lo supe antes de que hablara.
Lo sentí en el pecho.
Como un golpe frío.
—Mi padre dejó una cláusula sucesoria privada, ¿verdad? —dije, casi en un susurro.
Alejandro no respondió.
Ramiro se tensó.