Parte 2:
El oficial no bajó la mano.
—El teléfono, señora.
Lo sostuve con más fuerza.
Podía sentir la mirada de todos encima de mí.
Los vecinos.
Mi hija.
Los policías.
Y esa sensación… de que cualquier movimiento equivocado iba a romper algo que ya estaba al borde.
Respiré hondo.
Y se lo entregué.
—
El oficial empezó a revisar.
Deslizó.
Leyó.
Se detuvo.
Volvió a leer.
Su expresión cambió.
No de inmediato.
Pero lo suficiente.
—
—¿Desde cuándo tiene estos mensajes? —preguntó sin mirarme.
—Desde ayer.
—¿Y no los reportó?
—No.
—¿Por qué?
Esa pregunta…
Tenía muchas respuestas.