PARTE 2:
Las medicinas en la basura
Doña Carmen fue la primera en ponerse de pie.
—A mí no me hablas así, Santiago. Soy tu madre.
Él señaló hacia la cocina.
—¿Quién obligó a Mariana a lavar todo eso sola?
Valeria puso los ojos en blanco.
—Ay, por favor. Son platos.
—No —dijo Santiago, con la voz baja pero firme—. Es mi esposa de ocho meses de embarazo llorando sobre un fregadero a las diez de la noche mientras ustedes comen comida que yo pagué.
Fernanda cruzó los brazos.
—Mariana siempre se hace la cansada.
Paola agregó:
—Además, ni trabaja.
Santiago la miró como si no la reconociera.
—Está cargando a mi hijo.
Doña Carmen endureció el rostro.
—Y vive en mi casa.
Esa frase fue suficiente.
Santiago respiró hondo.
—No, mamá. Esta no es tu casa. Es mía. Yo la compré. Yo pago la hipoteca. Yo pago la luz, el agua, el internet, la comida, sus teléfonos, sus salidas y sus caprichos. Y esta noche se termina su vida cómoda.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Que todas las tarjetas ligadas a mis cuentas quedan canceladas.
Fernanda soltó una risa nerviosa.
—No seas ridículo.
Santiago levantó el celular.
—Ya lo hice.
Paola tomó su cartera con desesperación, abrió la aplicación del banco y su rostro perdió color.
—Mi tarjeta aparece bloqueada.
Doña Carmen dio un paso hacia él, indignada.
—¿Serías capaz de hacerle esto a tu propia familia?
Santiago no apartó la mirada.
—Mi familia está arriba tratando de no desmayarse.
Entonces Valeria murmuró algo.
Muy bajito.
Pero Santiago la escuchó.
—Tal vez si Mariana dejara de actuar como princesa embarazada, no estaríamos en esto.
Santiago giró lentamente hacia ella.
—¿Qué dijiste?
Valeria tragó saliva.
Fernanda dejó de mirar el celular.
Paola bajó la vista.
Un presentimiento horrible le apretó el estómago.
—¿Qué hicieron?
Valeria se puso a la defensiva.
—Fue una prueba.
—¿Una prueba?
—Ella siempre decía que se mareaba, que se sentía débil, que necesitaba sus pastillas… Mamá dijo que muchas embarazadas exageran para llamar la atención.
Santiago sintió que la sangre le golpeaba los oídos.
—Valeria, dime exactamente qué hiciste.
Ella levantó la barbilla, aunque ya no sonaba tan segura.
—Tiré sus vitaminas y los suplementos que le mandó la doctora.
El mundo se detuvo.
Santiago la miró sin parpadear.