PARTE 2: El camino hasta la granja fue un silencio largo y pesado.
Clara conducía la carreta y, detrás de ella, Silas viajaba como una sombra, sentado entre sacos viejos, con Nora apretada contra el pecho. No había dicho una sola palabra desde que le quitaron las cadenas. Tenía el aspecto de un hombre peligroso: barba descuidada, ropa quemada, ojos vacíos. Pero cada vez que la bebé se quejaba, su pulgar áspero le rozaba la mejilla con una ternura que desarmaba cualquier miedo.
Clara intentó romper el hielo.
—Tengo una cabra lechera. La leche le hará mejor que el agua con azúcar.
Él no respondió. Solo abrazó a Nora con más cuidado todavía.
Cuando llegaron al terreno de los Abernathy, el sol ya estaba cayendo. La casa era sólida, pero el resto mostraba abandono: cercas torcidas, techo vencido, maleza por todas partes. La viudez también deja ruinas visibles.
Clara señaló el establo. Le ofreció el altillo para dormir. Luego añadió algo que ni ella misma había planeado decir:
—Trae primero a la niña adentro. Esta noche va a helar.
Fue entonces cuando Silas habló por fin.
—¿Por qué?
Su voz sonó como piedra arrastrándose.