La Nochebuena que lo cambió todo
Me quedé inmóvil en mi cocina aquella noche de Nochebuena, mirando un pavo intacto, diecisiete platos servidos y diecisiete sillas vacías. La casa, en Querétaro, olía a romeritos, pierna al horno, ponche con canela y al pan de nuez que Ricardo preparaba cada diciembre. Todo estaba dispuesto como si el tiempo pudiera obligar a mis hijos a volver. Pero no volvieron.
El reloj marcaba las 8:40. Llamé a Laura, a Miguel, a Fernanda. Todos terminaron en buzón. Esperé hasta pasada la medianoche, con el vestido verde que tanto me gustaba y el collar de perlas que Ricardo me regaló en nuestro aniversario número treinta. Las velas se consumieron, la comida se enfrió y el silencio se volvió insoportable.
Ricardo había muerto diez años antes, de manera repentina, y desde entonces yo había hecho lo posible por sostener a la familia. Después del funeral, mis hijos me prometieron que no me dejarían sola. Durante un tiempo lo cumplieron: traían comida, me visitaban, llenaban la casa de voces y movimiento. Yo creí que el dolor nos mantendría unidos.