Una mañana que nadie olvidó en la primaria Benito Juárez
Valentina Ríos tenía solo seis años cuando llegó a su salón con la mochila colgando de la espalda, el rostro pálido y la mirada fija en el piso. Apenas cruzó la puerta, dijo en voz muy baja algo que dejó helado al maestro Daniel Martínez:
—No me puedo sentar, profe… me duele.
En el aula, los demás niños hablaban de sus juegos, de las estampas del recreo y de los colores que usarían en sus dibujos. Pero Valentina permanecía inmóvil, rígida, como si moverse fuera demasiado difícil. Daniel notó enseguida que no estaba exagerando: había miedo en su voz, vergüenza en su postura y una tristeza difícil de explicar.
El maestro se agachó frente a ella y le habló con suavidad. Le preguntó si se había caído o si alguien la había lastimado, pero la niña solo negó despacio. Después señaló hacia abajo, sin levantar la vista, y repitió que le dolía. Daniel sintió un nudo en el estómago. No sabía exactamente qué pasaba, pero entendió que aquello no era una queja cualquiera.
Con discreción, salió al pasillo y llamó al 911 para pedir ayuda. Cuando la patrulla llegó, lo hizo sin sirenas ni escándalo, como para evitar que la escuela entera se alterara. La directora, Carmen Ávila, recibió a los oficiales con una sonrisa tensa y una actitud defensiva, como si lo importante no fuera la alumna, sino la reputación del plantel.
La niña fue llevada a la dirección para hablar con una oficial. Le hicieron preguntas con calma, intentando que se sintiera segura, pero Valentina apenas contestó. Bajó la cabeza, apretó los labios y terminó diciendo que ya se le había quitado. Esa respuesta no alivió a nadie; al contrario, confirmó que algo muy serio podía estar ocurriendo.