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Las noticias explotaron esa misma noche.
“Fuga química provoca explosión cerca de plantel universitario.”
“Más de treinta estudiantes heridos.”
“Investigan negligencia en mantenimiento industrial.”
Pero internet hablaba de otra cosa.
De mí.
“La chica que predijo el accidente.”
“La joven que abandonó el examen minutos antes de la explosión.”
“El misterio de la serpiente guardiana.”
Mi padre seguía en cirugía cuando los programas comenzaron a buscarme.
Cuando los reporteros empezaron a perseguirme.
Cuando las redes se llenaron de teorías absurdas.
Pero yo no quería fama.
Solo quería que mi papá sobreviviera.
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Pasaron dos días.
Dos días enteros esperando afuera de terapia intensiva.
Sin dormir.
Sin comer.
Con Kael enrollado en silencio dentro de su caja.
Mi madre dormía apoyada en mi hombro cuando finalmente apareció el doctor.
—La operación fue complicada…
Sentí que mi corazón se detenía.
El hombre sonrió apenas.
—Pero su padre sobrevivió.
Mi madre rompió a llorar.
Yo también.
Las piernas dejaron de sostenerme y terminé sentada en el suelo del hospital, cubriéndome el rostro mientras el aire volvía a entrar a mis pulmones por primera vez en días.
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Mi padre despertó hasta la mañana siguiente.
Tenía el rostro lleno de heridas y un brazo inmovilizado.
Cuando abrió los ojos y me vio junto a la cama, tardó varios segundos en reaccionar.
Después giró lentamente la cabeza hacia Kael.
La serpiente estaba tranquila, enrollada dentro de la caja.
Mi padre tragó saliva.
Su voz salió débil.
—Me salvaste…
No pude responder.
Porque llevaba toda mi vida esperando escuchar algo así de él.
Y ahora que finalmente lo decía… solo sentía dolor.
Él comenzó a llorar.
Mi padre.
El hombre orgulloso que jamás lloraba.
—Perdóname, Vale…
—Yo solo quería que tuvieras una vida mejor…
—No quería aceptar que podías tener razón…
Me acerqué lentamente y tomé su mano.
—Yo tampoco quería tener razón, papá.
Eso terminó de romperlo.
Lloró durante varios minutos sin poder detenerse.
Mi madre también lloraba.