—Mamá…
—Hubo una explosión cerca de la entrada lateral…
—Tu papá estaba ahí…
El teléfono cayó de mis manos.
No escuché nada más.
Solo sentí el mundo derrumbarse.
—
Tres horas después, regresé a Ciudad Universitaria.
La lluvia seguía cayendo.
El campus estaba lleno de patrullas, ambulancias y reporteros.
Kael permanecía completamente tranquilo dentro de la caja.
Como si todo ya hubiera terminado.
Apenas bajé del taxi, decenas de cámaras apuntaron hacia mí.
—¡Es la chica de la serpiente!
—¡Ella lo predijo!
—¡¿Cómo sabía lo que iba a ocurrir?!
La policía intentó apartarlos.
Yo apenas podía caminar.
Mi madre estaba sentada bajo una carpa médica, envuelta en una manta térmica.
Cuando me vio, rompió a llorar otra vez.
Corrí hacia ella.
—¿Dónde está papá?
Ella levantó la vista lentamente.
Sus ojos estaban completamente vacíos.
—En cirugía.
Sentí que las piernas me fallaban.
Mi madre tomó mis manos con desesperación.
—Vale… perdóname…
—Debí creerte…
—Debí sacarlo de ahí…
Yo también empecé a llorar.
No por haber tenido razón.
Sino porque hubiera preferido equivocarme.
Mil veces.
El profesor Ramírez apareció cerca de nosotros.
Tenía un vendaje en la frente y el rostro gris.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, bajó los ojos.
—Valeria…
Por primera vez desde que lo conocía… parecía un hombre derrotado.
—Lo siento.
—Yo… pensé que estabas teniendo un colapso nervioso.
No respondí.
Porque en ese momento entendí algo peor.
Él no era el único.
Nadie había querido escucharme.
Porque aceptar la posibilidad del peligro significaba detener el examen.
Provocar caos.
Pérdidas.
Escándalo.
Era más fácil llamarme loca.
Más fácil destruirme.
Más fácil grabarme con sus celulares y reírse.
Hasta que la tragedia ocurrió de verdad.