Impulsada por la desesperación, la joven aceptó la oferta, dispuesta a sacrificar un año de su vida por los medicamentos de su madre y la libertad de su padre. La boda transcurrió de manera silenciosa y sombría. Sin embargo, durante la noche nupcial, cuando su esposo se quedó dormido, la luz que se filtraba por la puerta abierta del despacho llamó su atención. Al mirar los documentos sobre la mesa, sufrió el mayor de los sobresaltos.
Los informes médicos indicaban que el hombre estaba en perfecto estado de salud, sin ninguna enfermedad mortal. Pero la verdadera y escalofriante verdad estaba en el contrato legal junto a ellos: para poder recibir la enorme herencia de un familiar fallecido, necesitaba convertirse en padre dentro de un año. Si no nacía un hijo, el matrimonio se cancelaría y la joven sería expulsada a la calle sin un centavo. El hombre había inventado la mentira de su “pronta muerte” para usarla como herramienta y aprovecharse de ella.
